Domingo, 3 de Febrero de 2008

"Mi padre ya lo perdió todo la otra vez que tuvimos que huir y no está dispuesto a empezar de cero"

ISABEL COELLO, enviada especial ·03/02/2008 - 17:27h

“A la una de la mañana la Embajada me llamó y me dijo que fuera inmediatamente al Liceo Francés. Yo no quería irme pero mi hijo insistió en que la situación era seria. Es la primera vez que me evacuan”, cuenta Roseline Barbefat, suiza de 63 años, que creció y vive en Chad.

Así empezó para muchos expatriados de Yamena la larga jornada del domingo. Durante toda la madrugada los tres centros de reagrupación de extranjeros de la capital chadiana establecidos en los planes de seguridad de las Embajadas se fueron llenando. Madres con niños, cooperantes, profesores o trabajadores de la ONU llegaban con maletas preparadas en minutos. Pasadas las nueve de la mañana, comenzó la batalla entre los rebeldes chadianos y el Ejército. “El día fue duro. Tuvimos miedo por los obuses y los tiros, nunca había vivido algo así”, dice Roseline.

“Asistimos a mucho intercambio de metralla y armas pesadas, pero en el interior del colegio hay que destacar que no hubo ninguna escena de pánico”, relata Luc Derlet, coordinador de operaciones de la sección luxemburguesa de Médicos Sin Fronteras.

Siguiendo las indicaciones de los soldados franceses que vigilaban el lugar, la gente se tiró al suelo y se metió debajo de los pupitres. Por la tarde llegó la calma y comenzaron los preparativos para la evacuación. Algunos no querían irse. Una trabajadora humanitaria se empeñaba en quedarse. Su jefa acabó amenazándola con el despido. Con latas de raciones militares se improvisó un almuerzo; las latas sirvieron de platos.

Al caer la noche, vehículos blindados franceses transportaron a los extranjeros hasta su base militar. Primero, las mujeres con niños. En la base, les dieron comida y bebida y se ofrecieron medicinas para el que las necesitara. A lo largo de toda la noche fueron evacuados a Libreville cerca de 400 extranjeros. “Para mí lo más duro ha sido abandonar a mis compañeros chadianos con los que llevo trabajando tres años. Tú te vas y sabes que ellos van a seguir viviendo esa guerra”, dice Cristina Murillo, técnica de proyectos de Intermón-Oxfam.

“Lo difícil ha sido dejar a la gente allí. Mi marido se ha quedado y aunque está en la base francesa la inquietud no te la quita nadie”, cuenta a Público en Libreville la española Verónica Gómez, madre de Tomás, de cinco meses. Gómez se confiesa “impresionada” con la operación de evacuación del Ejército francés. Los franceses se han destacado por su amabilidad y por todo un despliegue de medios. Zumos, café, toallas y duchas, tiendas de campaña o pisos con aire acondicionado aguardaban a los evacuados a su llegada a Libreville.

“Volveremos en cuanto se calme”, decía ayer la franco-chadiana Mariam Mahamat, con un bebé a la espalda a punto de embarcar en el primer avión de evacuados con destino París. “Nos preocupa sobre todo el saqueo posterior a los combates. Mi marido y mi padre se han quedado vigilando la casa. Mi padre ya lo perdió todo la otra vez que tuvimos que huir y no está dispuesto a empezar de cero. Está en casa con tres fusiles de caza de calibre 12 y una pistola”.

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