Sábado, 2 de Febrero de 2008

"Con los antirretrovirales se abrió la brecha con África"

AINHOA IRIBERRI ·02/02/2008 - 21:49h

El jefe de Servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, Santiago Moreno (Archena, Murcia, 1960) es un histórico en la lucha contra el VIH y el sida.

Pero a lo largo de su carrera profesional no se ha limitado sólo a ayudar a sus pacientes. Los seropositivos de una zona rural de Kenia, Maragua, se han beneficiado también de su trabajo desde que Moreno confundara junto con el pediatra Victorio Torres la ONG VIhDA, que ha facilitado diagnóstico y tratamiento a más de 50.000 personas.

¿Recuerda la primera vez que oyó hablar del sida?

Era el año 1981 y aún no había empezado la especialidad. Escuché a un especialista de otra materia hacer un comentario acerca de cuánto polvo seestaba levantando por una enfermedad que, total, afectaba a cuatro homosexuales.

La siguiente vez fue leyendo un artículo para informarme sobre la especialidad que quería hacer (infecciosas) en el que destacaba la importancia de las enfermedades infecciosas y hablaba de su espectro
cambiante y citaba como ejemplo el recién descrito síndrome de inmunodeficiencia adquirida.

¿Y el primer paciente?

Yo era residente de segundo año aquí en el Ramón y Cajal y fue un chico peluquero de Córdoba, que había venido aquí como hospital de referencia. En aquel entonces, la historia clínica de estos pacientes era un poco embarazosa porque consistía en hacer preguntas sobre los hábitos sexuales: el tipo de prácticas, el número de parejas... se cuestionaba con el fin de estimar si entraban dentro de los que tenían más riesgo. Este chico sin duda entraba.

Justo se acababa de identificar el virus –el sida se describió en 1981, pero su agente causante, el VIH, no fue localizado hasta 1983– y se fue al Instituto Pasteur de París porque había oído decir que ahí estaban desarrollando un test para detectar el virus. Tiempo después, supe que murió.

¿Cómo era tratar a estos pacientes cuando no había ninguna opción para ellos?

Fue una época muy dura. Sólo podíamos intentar que aguantaran, dándoles la mejor calidad de vida, administrándoles la profilaxis de infecciones oportunistas. Lo fuimos aprendiendo todo sobre la marcha, por ejemplo la importancia de la profilaxis secundaria, de dejarles con el tratamiento de mantenimiento de la infección para que no recayeran, que lo decidimos al ver que todas las infecciones volvían.

¿Cuándo empezaron a cambiar las cosas?

En la Conferencia de Retrovirus e Infecciones Oportunistas de 1995, en Washington, oímos hablar por primera vez de una alternativa que cambiaría el curso de la enfermedad, la primera terapia antirretroviral de granactividad (TARGA).

A lo largo de más de un año se fue confirmando y en la Conferencia Mundial de Sida de Vancúver (Canadá) de 1996 se confirmó del todo, por eso se define ese congreso como el de la esperanza.

¿Como experimentó el hecho de poder ofrecer al fin a sus enfermos una solución?

El cambio fue progresivo. Ya habíamos tenido experiencias en las que con la administración de algunos fármacos, como el AZT, parecía que los pacientes mejoraban, pero era una mejoría transitoria, no sabíamos por qué. Ahora lo sabemos: el tratamiento era insuficiente y el virus se hacía resistente. Pasó tiempo hasta que se llegó al punto de demostrar que los nuevos tratamientos funcionaban, así que le decíamos al paciente que se iba a mejorar, pero que no sabíamos por cuánto tiempo. Después deVancúver, esto cambió.

¿Cuándo se empezó a interesar por la situación del sida en África?

Africa no es lo que es ahora desde el primer momento. La epidemia empezó más o menos igual en todas partes pero llegó un momento, cuando apareció la TARGA, en que los países occidentales se le pudo poner freno al crecimiento, y que todavía no se le ha puesto en África. Ahí fue donde aparecieron los dos mundos.

Poco a poco, todos nos fuimos sensibilizando con los problemas que quedaban en África, te parece injusto el hecho de que por haber nacido en una parte del mundo sea tan fácil y, sin embargo, estés condenado irremediablemente a morirte de sida por haber nacido en otro lugar del mundo.

Además, sabiendo que la solución está al alcance de la mano y que el único problema serían los medicamentos y la creación de la infraestructura para distribuirlos.

¿Y cómo surgió la ONG?

Conocí al pediatra Victorio Torres, que estaba trabajando con una ONGlocal en Kenia, porque vino a hacer una consulta sobre sida a nuestro servicio. En enero de 2003, hice una rápida visita al lugar donde él estaba trabajando, conocí el ambiente y de ahí surgió la idea de montar una consulta para la dispensación de antirretrovirales y el cuidado integral de los infectados por VIH.

¿Cuáles fueron sus sensaciones cuándo vio los primeros enfermos en Kenia?

Fue como retrotraerme en el tiempo. Eran como pacientes de sida de aquí de los años ochenta. Lo que se vivía ahí no era más que lo que habíamos vivido aquí pero con más gente;el problema era mayor númericamente pero igual cualitativamente.

¿Cómo fueron los primeros tiempos de la ONG?

La financiación la obteníamos persiguiendo ayudas oficiales y también privadas, de la industria farmacéutica, de cajas de ahorro, de Ayuntamientos... Comprábamos medicación genérica y montamos allí una consulta. Lo que hicimos fue enseñar a los médicos de allí a llevar a los pacientes.

Al principio nos hacíamos cargo de todos los gastos pero luego el Gobierno de Kenia se hizo cargo del coste de la medicación, la de adultos. Ahora mismo no hayningún médico español y son ellos los que lo manejan todo. Ha sido un éxito extraordinario.

¿Cuáles cree que fueron las claves de ese éxito?

En primer lugar, el conocimiento de la zona. Victorio Torres ya había estado antes allí y había dejado muy buen recuerdo. Como había trabajado con una ONG local fue ésta la que se encargó de hacer el contrato de la obra y de localizar a alguien para que cuidara la casa donde residían los médicos que mandábamos.

¿Cree que en África es más importante la prevención que el acceso al tratamiento?

Son inseparables pero, si nos ponemos a juzgar, en la misma zona en la que montamos el programa se había hecho antes muchos programas de prevención, para nada. Si aquí ya es difícil que se pongan el preservativo, imagínate en un sitio donde no se lo pone nadie y donde las cosas se hacen no porque un médico lo diga, sino porque lo decide el sabio del pueblo...

Así, pretender que una campaña va a conseguir cambiar los hábitos es algo abocado al fracaso. Nosotros, por ejemplo, vimos claro que la población debía hacerse el test del VIH de forma masiva. Hablamos con nuestro ATS, Kamande, que nos dijo que para lograrlo había que convencer a los alcaldes de los pueblos cercanos. Se fue con Victorio y lo que decía en inglés, Kamande lo traducía al kikuyu.

Los alcaldes decidieron que era bueno que la gente se la hiciera, y tenemos fotografías de colas inmensas frente al consultorio de gente que venía a hacerse el test. Luego les dimos el tratamiento y esto es lo que ha hecho ver a la gente que merece la pena hacerse el VIH, porque si selo hacen y dan positivo, les damos una medicación y ya no mueren, lo han visto en sus vecinos.

¿Cómo ha sido su experiencia con el Gobierno local?

Al principio, hay una desconfianza mutua. Los Gobiernos bienintencionados tienen su desconfianza porque hay ONG que vienen a hacer las cosas a su manera, independientemente de lo que la población necesite o de si la subvención se le va a acabar en un año o año y medio.
También hay Gobiernos corruptos, igual que hay corrupción aquí con el urbanismo. La relación no es nada fácil. En cualquier caso, si vas atrabajar a África existe una palabra clave: sostenibilidad.