Lunes, 31 de Mayo de 2010

Lewis, rey de los cainitas

Hamilton logra su primer triunfo tras aprovechar la despiadada lucha entre Webber y Vettel

ÁNGEL LUIS MENÉNDEZ ·31/05/2010 - 01:00h

Hamilton celebra el triunfo en el podio de Estambul.afp

La Fórmula 1 miente, y mucho, pero jamás engaña. Es un deporte implacable, donde el piloto sólo tiene un verdadero compañero, su coche, del que duda a cada instante. Todos los demás son enemigos. Y el que más, el que habita en el box de al lado, apenas separado por una mampara. Lewis Hamilton, criado para ser campeón del mundo, ha mamado ese espíritu cainita. Lo exhibe desde su aterrizaje en la élite, en la inolvidable y cruenta guerra de 2007 con Alonso, y ayer logró la primera victoria del año al saber aprovecharse de la lucha fratricida que amenaza con corroer los que parecían sólidos cimientos de Red Bull.

La presunta paz que, decían, anidaba en la escudería austriaca saltó por los aires a más de 300 km/h, la escalofriante velocidad a la que circulaban Vettel y Webber en la vuelta 41. El joven alemán (22 años), que arrancó el curso dispuesto a comerse el mundo como máximo favorito al título, sufrió un fatal ataque de ego que arruinó su carrera y privó del triunfo a su veterano compañero australiano (33 años).

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Lo censurable no es su valentía a la hora de atacar al otro Red Bull que había dominado con solvencia todo el fin de semana, sino su impaciencia al intentar deshacerse del siempre bravo Mark. Vettelaprovechó una de las rectas del trazado turco para pisar el acelerador con saña hasta ponerse en paralelo con Webber. Siguió apretando, le sacó medio cuerpo... y perdió la cabeza. Vislumbró la curva hacia la izquierda e, intentando ganar la trazada buena, cambió la trayectoria. Fue un toquecito apenas imperceptible hacia la derecha, pero suficiente para desencadenar una tormenta.

Los dos bólidos más veloces de la parrilla circulaban despendolados, a todo lo que dan, así que cuando la rueda trasera derecha de Vettel tocó el costado izquierdo de Webber, ambos perdieron el control. El neumático del germano se desintegró y el australiano, tras un paseo por la zona de escapatoria, regresó a la pista.

Para entonces, los McLaren, al acecho durante toda la prueba, ya habían tomado el mando. Hamilton, consciente de que no podía esperar más para acercarse a la cabeza del Mundial, defendió la segunda plaza de la parrilla ganada el sábado. Vettel le superó en la salida, pero el inglés, un fuera de serie en el cuerpo a cuerpo, se pegó a él y apenas necesitó dos curvas para devolverle el adelantamiento.

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Batalla en McLaren

Tras la gresca de Red Bull, nadie dudó del triunfo de Hamilton. Excepto, claro, Button, su paisano y compañero del alma. El campeón del mundo de 2009, veloz y fino conservador de neumáticos, dejó hacer a Lewis mientras, con su conducción precisa, se aproximaba a él. Hasta que, súbitamente, en la antepenúltima curva de la vuelta 48, le sobrepasó y cruzó la meta en cabeza.

Repuesto del susto, Hamilton apretó el volante, aceleró y, en otra batalla escalofriante, aprovechó la recta para colocarse en paralelo, aplastar el pedal y llegar con ligera ventaja a la primera curva. Lewis ya no soltó la presa, y desde el muro de McLaren, un puro sobresalto, las radios de ambos emitieron sibilinos mensajes de prudencia argumentados con un presunto consumo excesivo de combustible. A partir de ahí reinó la paz.

Por detrás, Alonso resumió su impotencia y la decadencia de Ferrari en una lucha a brazo partido con Petrov, un ruso debutante a bordo de un Renault. El español sudó sangre para adelantarle y firmar un octavo puesto y dos puntos que retratan el peligroso frenazo que ha pegado el equipo transalpino mientras sus competidores aceleran en la fábrica y en el asfalto.

De la Rosa, en cambio, terminó satisfecho con su undécimo puesto. Es la segunda vez en la temporada que acaba un gran premio y, aunque pudo buscar un punto, prefirió seguir los consejos que le llegaban desde el box de Sauber y no importunó a su compañero Kobayashi, pese a que el japonés circulaba más lento. Pedro es de otra pasta, quizás demasiado leal y bueno para el universo cainita de la F1.