Domingo, 30 de Mayo de 2010

El extraño robo nocturno de los 71 cráneos de Zarautz

El Museo del Hombre de París atesora calaveras hurtadas de un cementerio del País Vasco en el siglo XIX

ANDRÉS PÉREZ ·30/05/2010 - 08:00h

Parte de los 71 cráneos robados de un cementerio de Zarautz y almacenados en el Museo del Hombre de París.

La reciente aprobación en Francia de una ley de restitución de cabezas tatuadas maoríes a Nueva Zelanda ha destapado la inmensidad de las colecciones de restos humanos conservadas por museos y laboratorios del país. Entre esos tesoros hay una colección de 71 cráneos vascos robados de un cementerio de Zarautz en el siglo XIX que hoy descansan en el Museo del Hombre de París. Tras varias peticiones, y sólo después de recibir el aval de los responsables de los laboratorios, Público pudo acceder al custodiado lugar del Jardin des Plantes donde el conservador jefe Phillippe Mennecier, en medio de 18.000 cráneos, alberga a los 71 de Zarautz.

"Los mantenemos en cajas no ácidas, fabricadas especialmente para la conservación de restos humanos", explica Mennecier. Fue él quien instruyó al fotógrafo para aportar a este periódico instantáneas sobre los restos en los que "se ponga de relieve el aspecto científico, pero sin ninguna emotividad que pueda favorecer reacciones irracionales". Tantas precauciones se deben a las demandas egipcias, amerindias y africanas para que los restos humanos que conserva el museo se devuelvan a sus países de origen.

Los restos fueron arrebatados "de noche y con prisas"

La Colección Broca de cráneos vascos fue reunida en condiciones de más que dudosa moralidad. "El siglo XIX era la época en que la ciencia positivista se consideraba por encima de todo", arguye Mennecier.

La primera huella del origen macabro de la colección se encuentra en el Boletín de la Sociedad de Antropología de París de 1866. En el debate del 5 de julio, los expertos que discutían la situación de su ciencia en torno al pionero de la disciplina, el científico Paul Broca, hablaban púdicamente de "las excavaciones iniciadas en el cementerio de Z..." hacia 1860. Por "Z..." cabe entender la ciudad vasca de Zarautz. Y el eufemismo de tratar de evitar mencionar el nombre del municipio español tiene sus razones.

Unas líneas más abajo, otro miembro de la Sociedad de Antropología reconoce que las supuestas excavaciones fueron en realidad un hurto "con prisas, sin método, y con nocturnidad". Es decir, una auténtica profanación de tumbas, como reconocieron las autoridades francesas durante el reciente debate sobre la ley de restitución de las cabezas maoríes.

Un médico español colaboró en la profanación de tumbas

Los cráneos vascos se pasearon por varios depósitos de París durante casi un siglo. Según Jean-Paul Demoule, ex presidente del Instituto de Arqueología Preventiva francés, pasaron una época en el Museo de Anatomía y también en la facultad de Medicina. Los conservadores del Museo del Hombre reconocen que les fueron confiados en 1952, cuando fueron "reglamentariamente inscritos en las colecciones antropológicas".

Alguno de los cráneos llevan aún la inscripción "Doctor Velasco", porque la cooperación del insigne profesor madrileño Pedro González de Velasco fue inestimable para obtener el botín. El hombre que gritó a Alfonso XII "¡que me concedan cadáveres para enseñar a los vivos!", el mismo que se hizo célebre en Madrid por según dice la leyenda sacar de paseo el cadáver embalsamado de su hija, fue protagonista de la expedición nocturna de los antropólogos franceses entre las tumbas de Zarautz.

Ciencia en pañales

En aquella época, obtener cráneos era una auténtica obsesión de la antropología biológica. Esa ciencia en pañales entonces pensaba que midiendo detalladamente cráneos de cada rincón del mundo se podían establecer con claridad diferencias entre razas, por supuesto asociadas a culturas puras.

Las calaveras vascas ocupaban un lugar muy particular en esa obsesión craneológica. Una furiosa controversia ocupaba a varias escuelas antropológicas en su afán de averiguar si los vascos eran anteriores a la invasión aria de Europa y si estaban hermanados con fineses y bereberes. Aunque ninguno de esos antropólogos del siglo XIX seguía creyendo la leyenda que dice que los vascos descienden de Adán y Eva, sí estimaban que este pueblo era capital para comprender la evolución de las "razas", pues podrían descender directamente de los cromañones.

Hoy por hoy nadie da crédito a esas teorías. No por ello, sin embargo, los 18.000 cráneos del Museo del Hombre han perdido interés científico. "Para cada descubrimiento de paleogenética, migraciones neolíticas y paleopatologías es necesario pasar por aquí para tomar medidas comparativas", argumenta Mennecier.

Una ‘ciencia’ llamada craneometría

“En 1860, la ciencia antropológica europea había descubierto una mina en los cráneos vascos”, explica Joseba Zulaika, profesor en la Universidad de Nevada (EEUU). Se trata del “índice cefálico”, que dio nacimiento a la “craneometría”, considerada ciencia exacta.
El principal motor fue el sueco Anders Retzius. Imaginó que midiendo la anchura de un cráneo multiplicada por 100 y dividida por su longitud, se identificaba el “índice cefálico” de cada raza. El cráneo vasco fue el principal terreno de juego. Retzius dividió las razas según su índice, con contribuciones del francés Paul Broca. Sus teorías se vinieron abajo cuando se probó que no es posible identificar a un pueblo con un cráneo, y que en una familia las formas craneales cambian de una generación a otra.

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