Jueves, 13 de Mayo de 2010

Crowe, el Robin Hood ilustrado

Comienza el Festival de Cannes

CARLOS PRIETO ·13/05/2010 - 08:30h

Russel Crowe se prepara para el photocall'.AFP

Algo raro deben echar en el agua de Cannes. Y no nos referimos a la absurda cantidad de chalupas de lujo ancladas aquí estos días. Debe tratarse más bien de alguna sustancia alucinógena extremadamente potente. Cómo entender si no el espejismo que provocó la proyección de Robin Hood: Peces-Barba, Herrero de Miñón, Fraga Iribarne y Roca Junyet vestidos con mallas verdes ajustadas y pegando saltitos de júbilo en la playa de la Croisette. ¡Arrea!

Vale, nada de eso ocurrió, pero a los padres de nuestra Constitución (monárquica) les alegrará saber que el forajido de los bosques fue en realidad el pionero de ese sistema político, el inventor de la democracia británica, el titán que se adelanto a la Ilustración. O al menos esa vendría a ser la tesis de la enésima versión de la vida y milagros del arquero, que inauguró ayer la sección oficial del festival, aunque no compite por la Palma de Oro.

"Se han hecho muchas películas sobre Robin Hood, pero ninguna ha retratado del todo bien al ser humano", contó un Russell Crowe parlanchín ante la ausencia de Ridley Scott. Tanto que llegó a asegurar que si hubieran rodado la historia completa que tenían en mente la película duraría siete horas en lugar de dos. Una pena. A juzgar por el frío recibimiento de ayer, una versión maratoniana hubiera podido provocar escenas dantescas: periodistas enloquecidos arrollando todo a su paso al tratar de escapar de la sala oscura a cualquier precio...

Pero no se asusten. Este es un filme de Scott y Crowe. Y, por tanto, no sólo hay ideas políticas, sino también las anodinas dosis habituales de acción y romance (vale, Gladiator ganó seis Oscar y recaudó mucha pasta, pero era un coñazo de dimensiones colosales).

En el fondo, la elucubración histórica del director de 1492: La conquista del paraíso tiene su gracia. Aprovechando que las ficciones suelen situar a la figura de Hood alrededor del siglo XII, le hace participar en uno de los acontecimientos históricos claves de la época: la firma de la Carta Magna (1215), primer documento británico en el que un monarca (Juan sin Tierra, presionado por sus barones regionales) se comprometía a limitar sus poderes y otorgar ciertos derechos al populacho.

El problema es cómo plasmar esto en la pantalla. Para transformar al rudo arquero (recién llegado de cortar cabezas de infieles en las cruzadas) en un demócrata de toda la vida, Scott recurre a sus habituales trucos de publicista trilero. En una secuencia digna de una parodia freudiana, un caballero le recuerda a un amnésico Hood quién era en realidad su padre. Y de pronto, sin venir mucho a cuento, Robin Hood empieza a recordar. Y a tener visiones catárticas de su infancia. Y a verse a sí mismo de pequeño acompañando a su subversivo padre a la kale borroka antiabsolutista.

Es entonces cuando, arrastrado por la irresistible marea de la herencia y el destino, decide convertirse en el líder de la turbamulta democrática. Y todo ello trufado con unas inenarrables baladas de new age medieval.

No es que este Robin Hood sea muy malo: es que es muy anodino y no aporta nada. Y en un festival como Cannes, donde te dejan entrar al cine con el cuchillo entre los dientes, no aguanta ni un asalto. Ah, Scott amenaza con rodar una segunda parte si la gente acude en masa a las salas. Ustedes verán lo que hacen.