Lunes, 22 de Febrero de 2010

La narcocultura impone su estética

La violencia entra en el arte para denunciar la violencia

LÍDIA PENELO ·22/02/2010 - 08:00h

LÍDIA PENELO - Narcomandalas, del colombiano Artemio Narro.

Salieron de San Isidro procedentes de Tijuana, traían las llantas del coche repletas de marihuana, eran Emilio Varela y Camelia La Tejana", así arranca Contrabando y traición, de Los Tigres del Norte, el narcocorrido más famoso de su género. Las costumbres de los capos de la droga llevan décadas salpicando el arte. La ostentación que hacen de su dinero a través de coches, joyas, fiestas y armas ha creado una estética que ha influido a numerosos artistas plásticos, cineastas, dramaturgos, diseñadores y bailarines. La música fue el primer campo que los narcotraficantes mordieron; dicen que no hay narco que se precie que no encargue un corrido sobre su historia.

Nacida en México y Colombia, la narcocultura es algo más que una moda. "El documental en el que colabora el hijo de Pablo Escobar, el premio que ha recibido Juan Villoro por el artículo La alfombra roja y el debate sobre la legalización de las drogas, demuestran que la narcocultura es algo muy actual", afirma Marc Caellas, uno de los organizadores del ciclo que la Casa Amèrica Catalunya está dedicando al tema y que terminará el 26 de febrero.

El escritor Élmer Mendoza (Culiacán, México, 1949) abrió la propuesta con la conferencia Narcocultura: Una estética de nuestro tiempo. Analizó la influencia de la estética narco en distintos campos creativos. "Los escritores son los más libres y menos vulnerables porque los narcos no leen libros", cuenta Mendoza que, al igual que otros creadores, vive rodeado de muertes y crueldades causadas por la droga. "La violencia ha entrado en el arte. Eso significa que la experiencia estética de lo bello se esconde y deja paso a otra poética", afirma.

Narcos vistos como héroes

Cada capítulo de la serie Cartel, basada en la novela El cartel de los sapos escrita por el ex narcotraficante Andrés López (conocido en el mundo del crimen como Florecita), seduce al 40% de la audiencia colombiana. "La gente siente identidad cultural hacia el capo. Ven un héroe, un hombre de clase baja que consigue dinero", argumenta Mendoza, autor de El amante de Janis Joplin (Tusquets). El libro transcurre en el Triángulo Dorado de México, donde operan los traficantes. Mendoza cree que mientras las pantallas muestren a narcotraficantes respetados y poderosos, muchos jóvenes continuarán soñando en convertirse en uno de ellos.

"La gente siente identidad cultural hacia el capo. Ven un héroe"

Visten camisas de seda de colores llamativos, vaqueros de marcas caras, botas de pieles exóticas, y se rodean de mujeres guapas. Consiguen lo que quieren a golpe de bala. "El estilo de los narcos ha generado una estética que tiende al impacto directo", asegura Mendoza. Son muchos los artistas latinoamericanos que han tomado las armas, la sangre y los cuerpos torturados como objetos artísticos para denunciar las brutalidades que les rodean. Teresa Margolles, Lenin Márquez, Rosa María Robles o Federico Gama, son algunos de los artistas comprometidos con la marginalidad del mundo de la droga. Son el contrapunto de los que se apuntan a los narcocorridos.

Contar lo que ocurre es para muchos artistas una obligación. Incluso uno de los hijos del mitificado narcotraficante colombiano Pablo Escobar ha colaborado en el documental Pecados de mi padre del argentino Nicolás Ente. Juan Pablo Escobar brinda su testimonio sin ánimo de exculpar las acciones de su padre. "El perdón y la justicia son dos cosas separadas. Pero el perdón nos permite liberarnos del pasado", dice en la cinta.

La alfombra roja que da título al reportaje de Juan Villoro, ganador del Premio Iberoamericano de Periodismo Rey de España, se refiere a la instalación que Rosa María Robles realizó con su propia sangre para denunciar que la policía mexicana desmontara una exposición suya. Había conseguido mantas con las que los narcos envuelven a sus víctimas. Pero a las autoridades no les gustó. "Lo terrible despierta una conciencia utópica", apunta Élmer Mendoza, que suele pasear por el cementerio de Culiacán, poblado de panteones espectaculares que ostentan el poder del fallecido. "No hay ley de urbanismo que pare la arquitectura estrambótica de los narcos", lamenta el escritor mejicano.