Viernes, 19 de Febrero de 2010

Scorsese en su laberinto

EULÀLIA IGLESIAS ·19/02/2010 - 08:00h

 Shutterisland

Director: Martin Scorsese

Intérpretes: Leonardo DiCaprio (Teddy Daniels), Jackie Earle Haley (George), Mark Ruffalo (Chuck Aule), Ben Kingsley (Dr. John Cawley), Michelle Williams (Dolores Chanal), Patricia Clarkson (Ethel Barton), Max von Sydow (Dr. Jeremiah Naehring)

Clasificación: No recomendado menores de 13 años Género: Thriller

En El cine norteamericano según Martin Scorsese, documental donde el director de Taxi Driver (1976) demuestra que también es un pedagogo brillante, Scorsese se detiene más de una vez en la figura del cineasta Samuel Fuller.

En una de las ocasiones comenta el filme Corredor sin retorno (Shock Corridor, 1963), la historia de un periodista que se encierra en un manicomio para investigar un crimen y acaba atrapado en la espiral de una locura que es la suya pero también la de la sociedad que lo rodea.

Samuel Fuller sigue siendo un referente para directores de todo tipo: ejerció un cine poderoso, apasionante, casi siempre desde la independencia de la serie B. Martin Scorsese ha mostrado más de una vez la vocación de acercarse a ese espíritu. Su principal y fallido intento fue El cabo del miedo (1991).

En Shutter Island vuelve a probar suerte en un género que le permite citar a algunos de sus cineastas preferidos de ese cine comercial en que el presupuesto era inversamente proporcional a la creatividad: no sólo Fuller, también Jacques Tourneur o Anthony Mann.

La novela homónima de Dennis Lehane (responsable del libro que inspiró Mystic River de Clint Eastwood) le proporcionaba la excusa para jugar con algunos de los códigos del cine gótico, pero también del noir, de la serie B que bebió de las paranoias post Segunda Guerra Mundial e incluso de las películas con mad doctors.

Scorsese prefiere ajustarse a uno de los principios de la serie B: la tensión de la película viene provocada en parte por un trabajo austero y expresionista

En su primera hora de metraje, Shutter Island transita por estos escenarios al tiempo que insinúa una interesante línea de continuidad entre los abusos y locuras del nazismo y las represiones y delirios de los Estados Unidos en plena Guerra Fría.

Aunque cuente con un presupuesto holgado, Scorsese también prefiere ajustarse a uno de los principios de la serie B: la tensión de la película viene provocada en parte por un trabajo austero y expresionista con la fotografía y la ambientación.

Pero la vocación de serie B de Shutter Island acaba ahogada por las restricciones de una producción en el fondo planteada comercialmente con mentalidad de serie A. En los últimos años, la industria cinematográfica le ha cedido un lugar a Martin Scorsese: una butaca que le proporciona estabilidad, pero en la que el cineasta no deja de removerse un punto incómodo.

Y el resultado final de Shutter Island es un buen ejemplo de ello. Lo que podría haber sido una apasionante exploración de los difusos límites entre cordura y locura acaba cayendo en el cine simulacro que proclama la clara separación entre verdad y apariencia.

La película abandona los inquietantes paisajes de la ambigüedad, la duda, el tormento y la sugerencia para acabar impulsado por los resortes del cine con sorpresa final que se ve obligado a explicar sus propias trampas para contentar a un supuesto espectador medio.