Viernes, 28 de Septiembre de 2007

Cavernícolas a treinta minutos de Madrid

DANIEL AYLLÓN ·28/09/2007 - 16:39h

Gabriel Hernán Precot - Uno de los vecinos de Tielmes, en el interior de su cueva. (Fotos de Gabriel Hernán)


Gabriel Hernán Precot - Rosa es una enfermera ecuatoriana que compró una cueva en Tielmes con terreno exterior, casa y almacén por 90.000 euros.


Gabriel Hernán Precot - Al llegar a su nueva casa en Tielmes, varios vecinos recibieron a Rosa, una enfermera ecuatoriana, con dos conejos de regalo.


Gabriel Hernán Precot - En las paredes de algunas cuevas de Tielmes todavía cuelgan algunos platos de la época franquista.


Gabriel Hernán Precot - Interior de una de las cuevas de Tielmes.


Gabriel Hernán Precot - Objetos antiguos en el interior de la Cueva Museo del Ayuntamiento de Tielmes.


Gabriel Hernán Precot - Interior del dormitorio de la Cueva Museo del Ayuntamiento de Tielmes.


Gabriel Hernán Precot - En las paredes de la cocina de la Cueva Museo del Ayuntamiento de Tielmes cuelga un calendario de Lola Flores de la década de los 60.


Gabriel Hernán Precot - La cocina restaurada de la Cueva Museo del Ayuntamiento de Tielmes.


Gabriel Hernán Precot - La pizarra de la Cueva Museo del Ayuntamiento de Tielmes.


Gabriel Hernán Precot - Interior de la Cueva Museo del Ayuntamiento de Tielmes.


Gabriel Hernán Precot - Útiles de cocina y labranza en el interior de la Cueva Museo del Ayuntamiento de Tielmes.


Gabriel Hernán Precot - Sombreros en el dormitorio de la Cueva Museo del Ayuntamiento de Tielmes.


Gabriel Hernán Precot - Algunas vecinos de Tielmes han levantado casas en las entradas de las cuevas y han dejado estas como almacén o despensa.


Gabriel Hernán Precot - Dos ancianos en el interior de su cueva, en Tielmes.


Gabriel Hernán Precot - El yeso recubre las paredes de la mayoría de las cuevas habitadas en Tielmes.


Gabriel Hernán Precot - Puerta de entrada de una de las cuevas.


Gabriel Hernán Precot - Mazorcas de maiz decoran el techo de la cueva de Antonia, en Tielmes.


Gabriel Hernán Precot - El trastero de una de las cueva mantiene fresca la temperatura y los alimentos.


Gabriel Hernán Precot - Uno de los vecinos de Tielmes, en el interior de su cueva.


Gabriel Hernán Precot - Interior de una de las cuevas habitadas de Tielmes, equipada con agua y electricidad.


Gabriel Hernán Precot - Los dormitorios de las cuevas son los sitios más deseados de Tielmes para dormir la siesta en verano por las temperaturas frescas que mantienen.


Gabriel Hernán Precot - Algunas de las cuevas de Tielmes han instalado cuartos de baño donde antes había establos.


GABRIEL HERNÁN - Uno de los vecinos de Tielmes, en la cueva en la que ha vivido durante 40 años.

Al entrar en la cueva de Antonia, un golpe de frío pone el vello de punta. Ha vivido 40 años en este  agujero horadado en la montaña con sus siete hermanos y sus padres. En apenas 50 metros cuadrados, hay espacio para una bodega, tres habitaciones y un almacén. Un metro de piedra maciza sirve de aislante del exterior y mantiene la temperatura a 20 grados menos. Antonia, de 65 años, se emociona cada vez que entra en la casa de muros enyesados que su familia excavó.
Su pueblo es Tielmes, una localidad de 2.488 habitantes escondida entre las montañas del sureste de la Comunidad de Madrid, a 42 kilómetros de la capital. Además del frío, las paredes de sus grutas guardan la historia de 247 familias que durante la posguerra tuvieron que arañar los montes para poder vivir bajo techo, al igual que ocurrió en los pueblos vecinos de Perales de Tajuña, Fuentidueña y Carabaña. Hoy, todavía quedan diez habitadas.
Medio siglo después, muchas cavernas están siendo rehabilitadas, tienen suministro de luz y agua, y empiezan a proliferar casos como el de Rosa, una enfermera ecuatoriana de 47 años, que después de vivir ocho en Madrid, ha hecho las maletas y ha comprado una caverna en Tielmes. Encontró el anuncio en el periódico y éste incluía, además, una caseta de dos pisos, una cueva-establo y un terreno. Todo por 90.000 euros. A mediados de agosto, varios vecinos la recibieron con dos conejos vivos como obsequio: “Bienvenida al pueblo. Has venido a un lugar tranquilo”.
El servicio, en la calle
Al entrar en el barrio de Cuevas Altas, donde vive Rosa, el coche se niega a subir las calles más empinadas. Toca echar pie a tierra y seguir a Gerardo, un hombre de 67 años que trepa con agilidad por caminos recién asfaltados hasta llegar a su cueva. “Hace 38 años, la abandonamos y construimos una casa delante”, explica. El agujero, como ha ocurrido en otros casos, está lleno de telas de araña y lagartijas, y sirve de trastero, despensa y almacén de muebles viejos.
A Uge, de 74 años, la conocen la mitad de los vecinos de Tielmes y aseguran que “tiene la cueva más bonita del pueblo”. Al preguntarle por los aseos de estas viviendas –a pesar de que algunas ya cuentan con ellos–, se ríe: “Antes, en las grutas no había baños, para eso teníamos las calles”.
En algunas de ellas, donde antes vivían las gallinas y los burros, se encuentran los cuartos de aseo de las nuevas casas, al fondo de la estancia, entre los salpicones de yeso de las paredes y donde la luz natural sigue teniendo que hacer serios esfuerzos para llegar. “En invierno, sólo había dos maneras de calentar el hogar: teniendo animales en la casa o encendiendo fuego, que la calentaba en muy poco tiempo”, explica un empleado del Ayuntamiento.
Un refugio frente al calor
El sol plomizo que invade el valle del Tajuña en las tardes de calor hace de las cavernas las estancias más deseadas para echar una cabezadita, tanto para los de siempre como para los visitantes ocasionales.
Los nuevos vecinos que las adquieren para pasar los fines de semana o como punto de veraneo llegan en su mayoría de Madrid, tras una corta travesía de media hora en coche, o de hora y media en autobús. La tranquilidad del pueblo, aseguran los urbanitas, “es un valor en alza”, aunque son muy pocos los que se deciden a cambiar su residencia fuera de la ciudad.
Pero las cavernas no siempre se han usado como hogar o retiro de fin de semana. Años atrás, durante la Guerra Civil, fueron muchos los que las tomaron como refugio y escondite de la pólvora. Décadas más tarde, durante su rehabilitación, “en algunas de ellas hemos encontrado huesos humanos entre los restos”, cuenta Antonia en voz baja para que no le oigan los vecinos.
Museo subterráneo
Hay cuevas en las que sus dueños están invirtiendo grandes cantidades de dinero para crear casas de diseño en su interior e, incluso, museos, como es el caso de la joya del municipio: el Museo de la Casa Cueva. Este antiguo hogar, ahora equipado con detectores de presencia que encienden las bombillas y donde cuesta encontrar motas de polvo, recibe al viajero en la entrada del pueblo y es uno de los más grandes –unos 120 m2– que albergan las montañas de Tielmes. La cueva se ha sometido a una rehabilitación, aunque “manteniendo fielmente las funciones que tenía cada dependencia dentro de
la casa”, cuenta Agustín, un funcionario del Ayuntamiento.
De las paredes del museo, cuelgan útiles de barro, zurrones, hoces de cosecha y hasta un calendario de Lola Flores de 1962. Las nueve salas de la cueva están decoradas con donaciones o préstamos que han hecho los vecinos del pueblo y que permiten que su interior mantenga el ambiente “agrario y ganadero propio de esta zona del Tajuña”, dice Agustín.
En la vega del río, las viviendas originarias en el interior de las montañas son prehistóricas, pero los primeros datos registrados, del año 1752, cuentan 22 cavernas habitadas. Sin embargo, fue dos siglos más tarde cuando se construyó la mayoría,
durante los años de posguerra, al tener que excavar los obreros y campesinos sus cuevas para poder dormir
y comer bajo techo.
Auge de la natalidad
Mediada la tarde, en la plaza principal de Tielmes, decenas de críos y gatos corretean alrededor de los bancos de madera y los ancianos. “En este pueblo, se hacen muchos niños. No tenemos miedo a la despoblación”, ironiza la concejala de Cultura y Deportes, Rosa María Ferrera. Además del auge infantil, el crecimiento de la población se ha visto reforzado en los últimos cinco años con la llegada de cientos de inmigrantes, especialmente de los países del este y sudamericanos, que representan ya cerca del 20% del censo del Ayuntamiento.
A última hora de la mañana, el mercadillo de la plaza de la iglesia empieza a recoger los tomates, melones y demás productos de la huerta del Tajuña, mientras el repicar de las campanas de la torre marca la una. Es el momento de atacar las costillas asadas en la lumbre de la chimenea
y dormir una buena siesta en el
frescor de la cueva.

Origen humilde.

La Guerra Civil dejó a la región de la vega del Tajuña mermada de recursos y a muchas familias, sin un trozo de pan que echarse a la boca. Hubo vecinos, tanto de Tielmes como de los pueblos de alrededor, que tuvieron que pedir auxilio a amigos y familiares o echar mano de la imaginación para poder sobrevivir.

El marqués de Santa Genoveva.

A falta de dinero para comprar o construir una casa, pidieron permiso al marqués de Santa Genoveva, dueño de las montañas que rodean el pueblo, para excavar sus casas en las laderas. El noble aceptó.

En manos del ayuntamiento.

En los años 50, llegó a haber casi 250 cuevas habitadas y después de la muerte del marqués, las tierras pasaron a formar parte del patrimonio del Ayuntamiento del municipio de Tielmes. La falta de registro como viviendas fue una de las razones por las que sus dueños no pudieron heredarlas en propiedad.

Papeles en regla.

Con el paso de los años, se han ido arreglando las escrituras y hoy los habitantes de las cavernas ya disponen de un techo de su propiedad con los papeles en regla.

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