Jueves, 27 de Septiembre de 2007

La revolución reaccionaria de Japón

En los últimus 30 años del siglo XIX, el país se convirtió en potencia mundial gracias a una radical renovación

JESUS CENTENO ·27/09/2007 - 10:38h

Oficiales y samuráis japoneses durante la Revolución Meiji.

 Japón, 1867. El príncipe Mutsuhito, descendiente número 122 de la dinastía imperial nipona, accede el trono. Tiene tan sólo quince años y una obsesión: recuperar el poder, que desde hacía siglos ostentaban los señores feudales del shogunato. Para ello, forma un ejército de aristócratas revolucionarios que, dotado con fusiles y cañones, derrota a las viejas tropas oficiales de caballo y espada. Así comienza la Era Meiji (1867-1912), el periodo que puso fin al aislamiento voluntario de Japón.

El emperador sentó cátedra: "Occidentalizarse o morir". Tras años de revueltas, domina a los nobles resistentes, reprime las agitaciones campesinas e indemniza a los propietarios señoriales. Ante las demandas de los insurrectos que le acompañan, Mutsuhito deja a los nuevos liberales gobernar. Para él se reserva el papel de líder simbólico. La capital se traslada de Kioto a Tokio, a fin de favorecer el centralismo.

Revolución desde arriba

La nueva oligarquía abrió la isla al comercio mundial e impulsó la revolución industrial. En apenas 30 años, Japón experimentó el desarrollo económico más impresionante del mundo occidentalizado. "En esa época se construyen los primeros ferrocarriles, se reforma la administración, la hacienda pública, la banca, la educación y la sanidad copiando las instituciones más avanzadas de Europa y Estados Unidos. También nacen los primeros partidos políticos, liberales y conservadores en su mayoría", explica Ana María Goy Yamamoto, profesora de Economía de Japón y Asia Oriental en la Universidad Autónoma de Madrid.

El imperio anhelaba un país moderno capaz de rivalizar con las potencias occidentales, cuya presencia en el Pacífico era ya una seria amenaza. Japón comenzó su expansión. En su esfuerzo por anexionar Corea, se enzarzó en una exitosa guerra con China (1894-95), pero la presión occidental obligó al emperador a devolver Manchuria. Rusia se aprovechó de la situación y negoció con los chinos para controlar sus puertos. Como resultado, Japón declaró la guerra a los zares en 1904. La derrota de los rusos, un año más tarde, conmocionó a Occidente.

Un nuevo enemigo

En aquellos días, el imperio Meiji había visto crecer un nuevo y violento enemigo, el socialismo. La guerra había dejado al país con grandes problemas: "Japón salió victorioso, pero fueron muy costosas para la población. Diez millones de desocupados, inflación, destrucción de viviendas y plantas industriales... La diferencia de clases generada en este periodo aumentó. En ese contexto nacieron movimientos de izquierda que se aprovecharon de la gran turbulencia política y social", afirma Goy Yamamoto. En 1911, tras el juicio de la Gran Traición, el líder anarquista Sushi Kotoku y varios de sus partidarios son arrestados, acusados de conspirar para asesinar al emperador. Fueron ejecutados al año siguiente, acabando con la izquierda organizada en el país.

La restauración Meiji fue, como todo proceso de cambio, un periodo caótico. Sólo cuatro décadas después de la revolución se consiguió la estabilidad. "Existía una fuerte tensión entre quienes creían que la occidentalización significaba una nociva revolución total y los que creían que era la clave del progreso económico", sostiene Goy Yamamoto.


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