Jueves, 27 de Noviembre de 2008

Juan Marsé gana el Premio Cervantes

El autor catalán de obras como Últimas tardes con Teresa recibe el premio más importante de habla hispana en reconocimiento a toda su obra

L. P. / P. H. R ·27/11/2008 - 17:25h

“Los sueños juveniles se corrompen en boca de los adultos”, arranca la voz del narrador en el relato de El embrujo de Shangai. Juan Marsé (Barcelona, 1933) hurgaba de esta manera en la degradación de un mundo que había perdido la transparencia y su palabra. Un mundo que había perdido la inocencia desde la infancia. Un mundo coartado y reprimido, en el que todas las contradicciones servían para retratar la Barcelona de la posguerra: el esplendor y la miseria, la mediocridad y la ingenuidad, la amargura y el resentimiento.

Habitantes de un exilio interior que compartían calle con un niño adoptado, mal estudiante y con serias dificultades económicas. Un niño que creció, se colgó de una máquina de escribir y logró hacer de los problemas locales un universo atractivo para cualquiera. Hoy celebramos su Premio Cervantes “por su decidida vocación por la escritura y por su capacidad para reflejar la España de la posguerra”, según el jurado.

Todo un clásico

A Marsé le van mejor las distancias largas que las cortas, escribió el crítico Rafael Conte en una de sus críticas al autor, mientras anunciaba que nunca se dedicó al cultivo del cuento con asiduidad. En las largas cultivó con gracia los aventis (aventuras), figura literaria que le abrió todas las puertas de la realidad más tierna, terrible, miserable y grandiosa, gracias a la ficción.

Con esas aventuras preparó un mundo propio, sustentado en la picaresca social de los barrios humildes de Barcelona y en la poesía de Gil de Biedma, que fue uno de sus mentores y maestros.

"El premio me ha sentado bien, muy bien. Me hace ilusión"

El miedo, el hambre y el frío helaron una infancia que duró poco se cristalizó en su memoria y se convirtió en el lugar favorito al que acudir siempre con sus personajes. No es un escritor rompedor, no es un vanguardista, es un narrador “de cuerpo entero”, como dijo ayer el poeta José Manuel Caballero Bolnald (otro de los favoritos), un “hombre fiel a la novela del XIX, a Stendhal”, tal y como le define el crítico teatral Joan de Sagarra.

“Marsé es alguien que escribe desde un sitio concreto, en este caso Barcelona, pero que trasciende el escenario y hace que cualquier persona en Chicago, Odesa o Baltimore se interese por su obra. Enrique Vila-Matas siempre pide que no le encasillen como novelista de Barcelona, porque es mucho más que eso”, contaba a este periódico De Sagarra.

La literatura de Marsé se puede seguir con un mapa callejero de la parte alta de Gràcia, el Guinardó, Torre Baró y el Carmel de Barcelona. “Son barrios deprimidos, habitados por criaturas características de estos lugares, como niños, prostitutas, anarquistas, exiliados y gente derrotada en general”, tal y como cuenta el poeta y crítico David Castillo.

Es uno de los escritores con simiente marsenita, regado con paisajes como la montaña y la carretera del Carmel por donde viaja Pijoaparte; el barrio de Sant Gervasi, donde Pijoaparte visita a Teresa, o el bar Delicias del Carmel.

Real como la vida misma

Castillo se percató de una curiosidad en la obra de Marsé: la presencia constante de anarquistas. “Cuando le pregunté por ello, me comentó que era gente que conocía su padre adoptivo. En aquella época venía mucha gente de la CNT, me dijo”, apunta el autor.

En ese sentido, Carmen Balcells, su agente y representante literaria, apunta su “curiosidad infinita por el realismo”. La gran matrona está alegre: “En el Cervantes tengo candidatos de acá y allá cada año, pero no todos los años tengo premio”.

Marsé estaba en el ambulatorio cuando media España se había enterado de su premio. Se reunió dos horas después de que el ministro de Cultura hiciera público el premio con la prensa. Jersey de cuello de pico rojo y un humor excelente. No hubo complicaciones en el médico. Bromeó todo lo que pudo con los asistentes y aparcó la esquivez, alternando del catalán al castellano una y otra vez.

Fue paciente con los periodistas, aunque le costó tomarse en serio las preguntas que le hacían. Voz ronca en ristre, se deshizo de la tirantez: “Lo invertiré en mujeres y vino”, bromea con los 125.000 euros del premio.

Muchas ganas de celebrar

“Este premio me va a resultar útil por la difusión, por el prestigio… El premio me ha sentado bien, muy bien. No me pasa como a mi amigo ganador del Nacional de Poesía [Joan Margarit], que dice que a su edad ya no le va a servir para nada. A mí me hace ilusión”, reconocía sin poder ocultar la ilusión y asegurar que algo se esperaba.

"Lo invertiré en mujeres y vino", dijo entre bromas ante la prensa

Lo dicho, uno de los grandes ariscos de las letras españolas ayer estaba pletórico y aprovechó la pregunta sobre el discurso en la ceremonia de entrega en abril: “¿Tiene que ir sobre El Quijote verdad?, del que ya se habrá dicho todo… Lo releeré o a lo mejor lo encargo…”, risas.

La pregunta sobre la lengua en la que escribir era inevitable y fue tajante al asegurar que defiende el derecho a escribir en la lengua que “me dé la gana”. “No quiero convertir la lengua en una bandera. Quizás escribiría en catalán si las cosas hubieran sido distintas. Soy algo que no tuvo que ser así, pero lo fue”, se explicó.

“Juan tiene muchas ganas de celebrar”, apuró su editora. Antes de que se marchara, todavía hubo tiempo para aclarar que escribe para él, que quiere evocar vivencias que no ha tenido y le gustaría tener, para recuperar el tiempo perdido, para buscar un mundo alternativo que conoce y, claro está, para “pasar el rato y encontrar alguna forma de belleza, un deseo indefinido”.

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