Miércoles, 26 de Noviembre de 2008

Lucha México Libre

Llega a España una tradición a medio camino entre deporte y teatro, con sangre, sudor y mucha grasa. Quien diga que sólo es tongo no se entera

Fetiches del combate

SARA BRITO ·26/11/2008 - 10:47h

La lucha libre méxicana llega a España.

La señora Guzmán grita: ¡Sangre, sangre!, precipitada sobre su silla y en plena furia. Su nieto se abraza a ella de rato en rato cuando a su luchador favorito, Místico, le falta el aliento y su máscara a punto está de caérsele a trozos. Es la primera vez que ella acude a las luchas en décadas. El niño, la primera vez en su vida. Y ambos están ahí, en la inmensa y bizarra Arena México del Distrito Federal, en pleno desgañite humano, puestos a encarnar, en su paréntesis de décadas, una tradición popular mexicana que acaba de cumplir 75 años. Creer o no creer. Y qué más da cuando hablamos de ficción.

¿Acaso es mentira la historia de Fray Tormenta, el sacerdote que se hizo luchador para reunir el dinero necesario y construir una casa hogar para niños abandonados? ¿O que a Místico lo acogió el mismísimo fraile en su orfanato y allí le enseñó las llaves por las que hoy es un icono?

No son dioses, tampoco son los personajes de un cómic. Sino héroes de carne y hueso y buenas barrigas que eternizan un ritual: un justiciero contra un tramposo, el bien contra el mal. Clásico melodrama, esta vez sobre el ring, que a fuerza de su vocación de continuidad se vuelve telenovela, y a fuerza de su escenificación ultraestética de la violencia, en catarsis. "Hay una narrativa de la lucha, una historia que se va tejiendo, que van creando los promotores y los luchadores. Es lo que produce la efervescencia en la gente", cuenta Alfonso Morales, veterano periodista mexicano que lleva 30 años cantando las luchas en la tele.

Tongo y maniqueísmo

El escritor mexicano Carlos Monsivis, lo dice simple: "La credibilidad es el don de los participantes de la cultura popular que de otro modo de juzgar críticamente sus pasiones sentirán vivir en vano". Así que, la pregunta clásica, esa que se hacen los que no crecieron entre los enfrentamientos arquetípicos de las arenas mexicanas, esa de si tiene tongo la lucha libre es, en esencia, una banalidad.

Promotores y luchadores tejen historias para capturar público

Más que creerla hay que vivirla. Dar "el todo por el todo", como dicen que harán El hijo de El Santo y Blue Demon Jr. el próximo fin de semana en Madrid, en un intento de jugarle el pulso a la mediática lucha libre de EEUU (la WWE, es su liga más importante) y conseguir arrastrar a los españoles a los rings de lucha, como ocurría hace décadas.

Ambos luchadores son hijos y herederos de las dos leyendas de la cultura popular mexicana: El Santo y Blue Demon, la pareja que se enfrentaba en el ring en la época dorada de la lucha y que en el cine de los sesenta y setenta, compartía pantalla para hacer frente a momias (Santo contra las momias de Guanajuato, 1970), a monstruos (Santo y Blue Demon contra los monstruos, 1969) o contra los mismísimos Hombre Lobo y Drácula (Santo y Blue Demon vs. Drácula y el Hombre Lobo, 1969). Aquella fue la época dorada del cine de ciencia ficción  mexicano, que un brillante libro de 2003 llamó El futuro más acá (Landucci) y que emulaba la serie B del vecino del norte, desde la óptica de los vencidos que tanto aprieta al imaginario mexicano.

Aluvión en cine y cómic

De la televisión al cómic, de la gráfica callejera al cine no hay medio de expresión visual de la cultura popular mexicana que no haya rendido tributo a la mitología de la lucha. Cuando hoy muchos hablan de un despunte de la lucha libre en sentido mediático, llegan a España más manifestaciones que nos hablan de un mito que tiene mucho que contar sobre lo que somos. No sólo es que las estrellas del Consejo Mundial de Lucha Libre -la principal liga mexicana- aterrizaran hace apenas unos meses en varias ciudades españolas, sino que la lucha anda merodeando más allá de las máscaras estridentes que se comercializan en cada vez más tiendas.

Aquí tres ejemplos: el cortometraje BB del artista Cameron Jamie, al que el festival de Gijón -ahora en marcha- le dedica un ciclo y donde examina con virtudes de antropólogo la lucha libre casera que realizan desde hace décadas jóvenes y mayores del californiano Valle de San Lorenzo. O el cómic The Luchadores Five, de reciente publicación en España, que cuenta la historia de cinco cafres que deambulan creyéndose héroes a imagen y semejanza de El Santo. O la última película de Aronofsky, con un Mickey Rourke en estado de gracia, que se llevó de calle el León de Oro en la pasada edición de la Mostra veneciana.

Los combates perpetúan el ritual de la lucha entre el bien y el mal

Pero una vez más, todo si uno se lo cree, porque si no, no vale la pena ni hacerle caso a un taxista que, de camino al Arena México, te espeta: "El Santo representaba lo bueno en la vida". Ese taxista, entre volantazos, da la lección número uno de los que unos llaman lucha libre, otros wrestling, y hasta cachascán (catch as can). Los técnicos: limpios, buenos y sufridos. Los rudos: sucios, maleantes y tramposos, pero también, los que, como dice Alfonso Morales, se rebelan contra las injusticias, pero de otro modo, "porque tienen que hacerlo sin guardar las formas, porque les vale madres".

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