Viernes, 14 de Noviembre de 2008

Una desigualdad que aumenta metro a metro

RAÚL BOCANEGRA ·14/11/2008 - 22:25h

El Guardia civil lo ve. El negro está apostado al otro lado, esperando a que se dé la vuelta para pasar. Durante horas, se miran. En esos tiempos, la valla de Melilla no mide los seis metros de ahora, es apenas una alambrada militar de un metro de altura, instalada en la década de 1970 tras una epidemia de cólera en Marruecos. El Sol está en lo alto. Es la hora de comer. Al guardia civil se le revuelve el estómago y le lanza un bocadillo al negro, que, hambriento, lo engulle. Luego, se siguen mirando. Más tarde, llega el relevo.

La historia la cuenta José Alonso, veterano cooperante de la Asociación Pro Derechos Humanos. La situación es muy distinta estos días. La Guardia Civil está en alerta máxima desde la rotura de la valla [ver infografía], que fue elevada hasta los seis metros en 2005, cuando se produjo la gran crisis y miles de inmigrantes trataron de cruzar las verjas. Éstas, de tres metros, se habían instalado en la década de 1990, cuando España se convirtió en un país receptor de inmigración.

La valla está ahora en reparación y se tardará cerca de un mes en devolverla a su estado original, con un pequeño cambio: se elevará 40 centímetros, debido al refuerzo que se ha decidido colocar para evitar otras roturas por el agua.

Los agentes saben que su trabajo depende de lo que se haga al otro lado. Ahora no miran al negro, miran al marroquí. Tienen que confiar y parece que lo hacen, pero no del todo. La vieja dialéctica de moros y cristianos. Sí hay un convencimiento: si Marruecos recibe dinero del Gobierno español para frenar la inmigración, la policía marroquí se mueve. Si no, ya lo saben: tendrán que utilizar la fuerza.

Frontera desigual

“El problema de la inmigración es la injusticia a nivel global”, afirma Isabel Torrente, que trabaja en la ONG Melilla Acoge. Las fronteras son el problema. La de Melilla y Marruecos se sitúa en el séptimo lugar (dudoso honor) en el top ten  de los límites más desiguales del mundo –y el más divergente de la UE–, por encima del de EEUU con México, según la CIA. Los españoles disponen como media de siete veces más dinero que los marroquíes. Cientos de éstos se dedican cada día al llamado “contrabando”. Al final del barrio chino, al lado de la frontera, en un amplio campo de tierra llegan a diario las furgonetas y las motos cargadas de fardos atados con cuerdas. Contienen ropa, zapatos, manteles, cosas que vender en Marruecos. Cientos de marroquíes  –hombres y mujeres– esperan a que se abran las puertas y se pelean por cargar el fardo más grande, lo llevan rodando hasta unas colas que la Guardia Civil ordena según el tamaño y el peso de la carga. Los porteadores cobran unos 10 euros por llevar la mercancía al otro lado. En Melilla habitan unas 66.000 personas y tiene una población flotante de otras 30.000.

Beni Enzar y el CETI

Cerca del barrio chino está el paso de Beni Enzar, el más importante de los cuatro que jalonan la valla, que rodea el perímetro de Melilla, unos 12 kilómetros. A un lado, las calles están asfaltadas y tras un tránsito sin edificios, dan paso a una avenida. Al otro,  sin tránsito, el bullicio, los coches apelotonados, calles mal asfaltadas y arena volando. Y en medio, unos metros de tierra de nadie. Surge la picaresca. Jóvenes marroquíes cobran por agilizar el paso de los españoles por el control marroquí. Y en el control español , imágenes de otro lugar. Un estrecho pasadizo enrejado lleva a los marroquíes hacinados hasta el puesto español. Diferencia visual entre un país siete veces más rico que el otro.

En este paso, el pasado 10 de noviembre se produjo el intento de 150 inmigrantes subsaharianos de cruzar a la carrera hacia el país siete veces más rico. No lo consiguieron. Sí otros 40 inmigrantes unos días antes. Ahora habitan en España, pero no tienen derechos, denuncian las ONG. Están en el limbo del CETI (centro de estancia temporal), en la calle del país rico. Y lo dicen, lo repiten, mejor ahí que en África. Y lo seguirán intentando, sin descanso.

Ahora, con una valla de seis metros de altura, es más difícil que el guardia civil logre pasar el bocadillo.

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