Miércoles, 12 de Noviembre de 2008

007, licencia para vender

'Quantum of Solace', la nueva aventura de 007, marca un hito en la aparición de anuncios en un filme

SARA BRITO ·12/11/2008 - 10:31h

Daniel Craig vuelve a ponerse en la piel de 007

Puede que el agente secreto al servicio de su majestad deje de decir aquello de “Bond, James Bond”. Puede que deje de saborear su Martini, “agitado, pero no revuelto”. Pero lo que el Bond de Quantum of Solace (estreno el el próximo 21 de noviembre) no deja de hacer ni por asomo es rodearse de marcas, financiando de esta manera parte de la producción de la película más cara de la saga (158 millones de euros) y las costosas campañas de promoción que, como en todo buen blockbuster, arrancan meses antes de poder verla en pantalla grande.

“Es una máquina de marketing”, dice desde Nueva York el experto en product placement Frank Zazza, quien se ocupó allá por 1982 de la famosa campaña de las gominolas Reese’s Pieces que Eliot compartía con un entrañable habitante del espacio exterior en E.T., el extraterrestre.

En cualquiera de las marquesinas que anuncian el inminente estreno de Quantum of Solace, el perfil de Daniel Craig, el Bond más realista, más emocional y más físico de la franquicia, asoma por detrás de un Sony Ericsson Cyber shot C902, un modelo que trae consigo toda una batería de salvapantallas, vídeos y fotos de Craig en plena faena. El teléfono, que el agente no abandona ni en pleno desierto de Atacama en Chile, es el compañero fiel de un Bond que busca venganza por la muerte de su amor, Vesper, en los últimos minutos de Casino Royale (2006), película que funciona como precuela de ésta.

El hombre anuncio

¿No se siente Daniel Craig un hombre anuncio? “Un poco, pero tengo claro que es mi trabajo y que hoy si se quiere hacer una superproducción de este nivel hay que hacer este tipo de cosas”, responde Craig, educado, disciplinado, rápido en sus respuestas para apurar los pocos minutos con la prensa que le cronometra la pesada maquinaria promocional de la película y que tanto se asemeja a aquello de la cadena de montaje fordista.

Los ingresos por empotrar marcas dentro del filme rozan los 150 millones de dólares

Precisamente es Ford una de las marcas que más presencia tiene en la última entrega de la franquicia. No sólo por el Aston Martin, el coche de lujo (propiedad de Ford hasta el año pasado) que más años lleva apareciendo en la saga, como por el Ford Ka con el que se pasea la nueva chica Bond, Olga Kurylenko, por las calles de Panamá. “Ya habíamos participado en Casino Royale con el Ford Mondeo y Eon productions nos pasó el guión de Quantum of Solace para ver si teníamos un coche que fuera con el personaje de Camille, una mujer independiente y de mucha personalidad”.

Regalos para Bond

Y ahí estaba el Ford Ka, a puntito de salir de la cadena de montaje y ávido de una promoción global. “No pagamos una cantidad por aparecer en la película, pero sí le cedimos a la productora tres coches y firmamos un acuerdo para pagar parte de la promoción y publicidad de la película”, afirman fuentes de Ford en Reino Unido.

Y así todos contentos. Lo mismo ocurrió con la empresa de aviación privada Ocean Sky, que le cedió cinco de sus jets (valorado cada uno en un millón de libras) para que fueran usados en la cinta. El logo de la empresa aparece al menos en tres ocasiones en los 106 minutos que convierten a Quantum of Solace en la película más corta de la saga. Desde Sony, productora de la cinta junto a Eon productions, afirman que los ingresos recibidos por empotrar marcas dentro de la película doblan los recibidos en Casino Royale, que no bajaron de los 72 millones de dólares, según diversos medios británicos.

Lluvia de marcas

Hasta 21 marcas, entre Omega, Heineken, Coca Cola Zero, la aerolínea privada Ocean Sky o Ford han firmado y pagado para aparecer con Bond en la foto. Pero para Cristina del Pino, coautora del libro Brand Placement: integración de marcas en la ficción audiovisual, la presencia de marcas “fue más escandalosa en Die another day (Muere otro día)”, el último filme con Pierce Brosnan, al que se acabó conociendo como Buy another day (Compra otro día). O en Casino Royale, donde corrieron ríos de tinta criticando la falta de elegancia en aquella coletilla que pronunciaba Daniel Craig: “¿Un rolex? No, Omega”.

La productora de la saga recibe cientos de ofertas de marcas cada año

Desde luego, no hablamos de un fenómeno reciente. Los ejemplos se remontan a las películas de Cecil B. De Mille o a la ginebra Gordon’s que Humprey Bogart bebía a destajo en La reina de África, de John Huston. “Pero en la última década podemos hablar de una sofisticación del fenómeno, de una relación mucho más estrecha entre marcas y cine, que puede ayudar al cine y a las marcas en tiempos de crisis”, afirma Zazza.

Barbara Brocoli, la productora de James Bond que ha crecido en los sets de rodaje del agente secreto, dice que son cientos las cartas que recibe de marcas ofreciendo importes millonarios para ser incluidos en el metraje de cada Bond. “Pero tenemos relaciones largas con las marcas y no nos dejamos seducir por los cheques de muchos ceros”, zanja. Menos mal.

Como agua de mayo

En España, la productora Telespan admite que el product placement es más que bienvenido, buscado por las productoras como agua de mayo. “Y más en los tiempos difíciles que estamos viviendo”, matizan desde la productora. Todavía recuerdan el goloso acuerdo al que llegaron con Flex para Los dos lados de la cama. “Puede ser una inyección importante para la producción de una película, pero en España todavía no es tan fácil como en otros mercados”, apuntan desde la productora.

Las cifras confirman tal afirmación: si en el mundo el product placement en cine movió más de 1.000 millones de dólares, en España no pasó de los 32 millones, aunque el negocio crece a un ritmo del 20% al año.

Ante tanta cifra y tanta alegría de marcas y productoras, conviene recordar al sabio entre los sabios, David Mamet, que con su corrosivo estilo sacó el bisturí en State and Main (2001) para dejar en carne viva las prácticas menos glamurosas de Hollywood. El filme era una sátira de un rodaje, donde la peor pesadilla de un guionista en crisis (Philip Seymour Hoffman) era calzar el logo de una compañía de Internet (bazoomer.com) en un filme que transcurría en el siglo XIX. ¿Acabará superando la realidad a la ficción?

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