Domingo, 2 de Noviembre de 2008

Los cuatro jinetes de Obama

ÍÑIGO SÁENZ DE UGARTE ·02/11/2008 - 09:38h

Se acabó la diplomacia de las cañoneras. Una victoria de Barack Obama en las elecciones del próximo martes tendrá como uno de sus principales objetivos reparar la maltrecha imagen de EEUU en todo el planeta y hacerlo de forma que sea compatible con la defensa de los intereses nacionales. Washington volverá a buscar aliados y lo hará porque a largo plazo siempre resulta más rentable para un imperio.

Ahora que tanto se habla de la decadencia del imperio americano y de ciertas similitudes con el declive de Roma, no hay que olvidar que la historia demuestra que los lazos políticos y económicos suelen ser más efectivos que las legiones. Los neocon nunca han entendido que los aliados reclutados a punta de pistola no son muy fiables.Los altos cargos de los años de

Bill Clinton han ido tomando posiciones en el entorno de Obama. Esto se ha interpretado como un reforzamiento de las posiciones más pragmáticas en política exterior. Sin embargo, les resultará imposible consignar los dos mandatos de Bush como un paréntesis que se puede obviar.

La presidencia de Obama será juzgada por su gestión del legado del actual titular de la Casa Blanca, en especial en el primer año. Le guste o no a él y a sus asesores, además de trazar un nuevo rumbo, tendrá que dar respuestas concretas a los desafíos que plantean cuatro conflictos.

Irak

Por mucho que la llegada al poder siempre obliga a matizar muchas de las promesas de campaña, Obama no podrá escapar de sus compromisos sobre la guerra de Irak. El nuevo presidente iniciará el proceso de retirada de las tropas.

En concreto, ha dicho que en 16 meses se replegarán las brigadas de combate y dejará una fuerza reducida y limitada a la lucha contra Al Qaeda. La garantía de que esto vaya a producirse reside más en Bagdad que en Washington. Hace tiempo que el Gobierno iraquí de Maliki ya no escucha los consejos o simples amenazas que le llegan de la Casa Blanca.

Dice estar en condiciones de mantener la seguridad del país y, por lo tanto, ya no necesita la presencia masiva de tropas extranjeras.

Sea o no cierto, parece que la marioneta ha decidido cortar los hilos. ¿Pero cuántos soldados se quedarán en el país? ¿Y en qué condiciones? Irak y EEUU llevan meses negociando el estatus de las fuerzas estadounidenses a partir del 1 de enero, cuando expira el plazo concedido por la última resolución del Consejo de Seguridad de la ONU.

Maliki ha dejado que las negociaciones se alarguen porque sus socios en el Gobierno y los clérigos chiíes no aceptan las condiciones impuestas por Bush. Sabe que la principal vía para legitimar su poder reside en la carta nacionalista y no permitirá que se le pueda tachar por más tiempo de colaboracionista.

Irán

De entrada, el cambio que puede suponer Obama es más aparente que real: menos retórica de guerra y más opciones para el diálogo. A día de hoy, las posiciones de EEUU y Europa no son tan diferentes en relación al programa nuclear iraní.

Si Obama ofreciera contactos directos a Teherán y una normalización de relaciones, quizá todo podría cambiar. La influencia de Israel en la política norteamericana impide cualquier planteamiento pragmático. EEUU quiere forzar a Irán a que ponga fin a su programa nuclear y los iraníes no lo van a aceptar.

Afganistán

Más de lo mismo con más soldados. Obama ha prometido aumentar las tropas en Afganistán, pero sin explicar cuál es su estrategia para alterar el curso de una guerra que cada día se ve en Occidente con más pesimismo. También en Londres, París o Madrid, los Gobiernos han demostrado una alarmante falta de ideas.

Faltan soldados, falta un Gobierno afgano eficaz y limpio -y será difícil que sufra una transformación-, y sobran los señores de la guerra y las milicias tribales, y ya es tarde para prescindir de ellos. Obama incluso ha demostrado un alarmante desconocimiento de la realidad de Pakistán, lo que no indica nada bueno.

Israel

La abundancia de asesores de la época de Clinton hace pensar en iniciativas diplomáticas de más calado que las vistas en los últimos ocho años. Si Obama está pensando en emular a Bill Clinton, se lo tiene muy callado. Todo lo que no sea un apoyo irreflexivo a Israel se considera una forma elegante de suicidio en una campaña de EEUU.

Los discursos por la paz ya son inútiles. El nuevo presidente puede encontrarse con Netanyahu al frente del Gobierno israelí. Clinton lo sufrió en los noventa. Ese periodo de estancamiento dio el tiro de gracia al proceso de paz de Oslo. Resulta difícil creer que el cauteloso Obama vaya a forzar a los rivales históricos a entenderse.

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