Domingo, 2 de Noviembre de 2008

Las tres dimensiones España-EEUU

Obama sabrá detectar lo útil que le puede resultar el papel del Gobierno español en América Latina y el Mediterráneo

 

JOAQUÍN ROY ·02/11/2008 - 08:00h

JOAQUÍN ROY - javier olivares

Tres escenarios básicos se pueden dibujar tras las elecciones de Estados Unidos en sus relaciones con España. Los dos primeros, lógicamente, dependen de quién sea el nuevo inquilino de la Casa Blanca. El tercero implica cuál debería ser la actitud española ante la nueva política estadounidense. Pero, en cualquier caso, antes de proceder a los posibles análisis teóricos, se debería meditar sobre algunas dimensiones de la relación entre EEUU y España que a menudo se olvidan o son mitificadas.

Periódicamente, a cada nueva vuelta de hoja de la coyuntura política de ambos países se recuerda una pretendida experiencia. Por una parte, se insiste en la tradicional alianza entre los dos estados y se muestra satisfacción por la sólida amistad entre sus pueblos. De ahí que los desacuerdos y los roces se consideren como la excepción y no la regla. Pero la realidad es que, igual que el vínculo con Cuba, la relación entre EEUU y España no solamente es especial, sino muy peculiar. De su comprensión depende que se expliquen no pocos desencuentros y al mismo tiempo se puedan encontrar fórmulas innovadoras de cooperación.

El nuevo presidente deberá mover ficha y agregarnos al equipo de leales aliados

Dos siglos de separación

Lo primero que se debe tener en cuenta es que EEUU y España han estado separados, enfrentados o indiferentes a lo largo de más de dos siglos. Las frías relaciones que han presidido los últimos cuatro años desde el triunfo socialista en España en 2004, más que contrastar con la tónica anterior, son la confirmación de una experiencia preñada de distanciamiento, competencia y desconfianza.

Aznar sigue tozudamente insistiendo en que el vuelco de la estrategia ejecutada en 2001 representó una corrección drástica de la posición entre los dos países. Tiene toda la razón. Desde la fundación de la nueva república en 1776, España y EEUU han estado muy frecuentemente en bandos diferentes, directamente enfrentados o de espaldas. La alianza forjada entre Madrid y Washington desde la ocupación de Irak fue, curiosamente, la excepción de esta peculiar relación.

En España se sigue teniendo un conocimiento muy superficial sobre EEUU

En realidad, el alineamiento de Aznar con Bush solamente tendría dos precedentes, diferentes y distintos en origen. El primero fue la ayuda de la monarquía española a la independencia estadounidense. Pero el realismo histórico revela que este apoyo fue para enfrentar a Gran Bretaña, no por altruismo hacia Washington y Jefferson. El segundo episodio excepcional es el maridaje militar de Franco con Eisenhower por el que se garantizó la supervivencia del régimen.

En el siglo XIX, España trató de violar la doctrina Monroe varias veces. Regresó a ejercer la soberanía en la República Dominicana (aprovechando la Guerra de Secesión norteamericana), bombardeó Valparaíso y El Callao, y se alió con Francia en la transformación de México en un imperio bajo el desgraciado experimento de Maximiliano.

EEUU declaró la guerra a España en 1898. Se adueñó de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y dejó un poso de antiyanquismo que curiosamente la derecha militar inauguró. España fue luego neutral en las dos guerras europeas, pero incluso mandó a la División Azul a luchar con Hitler en Rusia, que era aliada de Washington. En la guerra de Corea, España no participó, como tampoco lo hizo en Vietnam.

Renacimiento democrático

No obstante, con el renacimiento de la democracia, España cumplió con sus obligaciones como miembro de la OTAN. Los Gobiernos de Suárez y el PSOE renovaron los acuerdos de las bases. España contribuyó dentro de sus posibilidades en el apoyo a EEUU en la primera guerra del Golfo. Los militares españoles han estado presentes en numerosas misiones de paz en Yugoslavia, Oriente Medio y América Latina, complementando o supliendo la labor de Washington. Incluso en la presidencia de Reagan, el Gobierno de Felipe González fue un útil aliado, en plano de igualdad. La excepción fue la lamentable aventura de Irak.

Pero el antiamericanismo en España está limitado a los desacuerdos políticos en esos temas espinosos. La juventud española incorpora todo lo posible de la cultura norteamericana y anhela estudiar en sus universidades. Los turistas estadounidenses tienen a España como uno de sus destinos preferidos.

Todo este trasfondo se cierne sobre el escenario de la relación entre ambos países desde las elecciones. Como menos posible, una victoria de John McCain haría cobrar nuevos bríos a los sentimientos de resentimiento de Bush hacia Zapatero. Se sobredimensionaría el cuestionamiento de la política española en escenarios sensibles para Washington, como Oriente Medio y América Latina (sobre todo en el eje del mal compuesto por Cuba y Venezuela).

El resultado de ese acoso podría ser que la respuesta de Zapatero se basara en ahondar todavía más la decisión de mantener los vínculos con amigos, aliados, contrincantes y enemigos, entre otras razones porque así ha sido la norma histórica. Este escenario a medio plazo no beneficiaría a nadie. La sensatez entonces se debería imponer en la Casa Blanca y el pragmatismo presidiría las decisiones de McCain, más preocupado por otros temas más candentes, como no perder la guerra de Afganistán, donde España está decidida a seguir cooperando.

En el caso, inexorable según las predicciones, de la victoria de Barack Obama, las relaciones con Madrid pasarán por un periodo inicial de espera, bajo la presión de temas más urgentes, antes que preocuparse por recuerdos inútiles de retirada de tropas y escarceos con La Habana. A medio plazo, el Gobierno de Obama sabrá detectar lo útil que le puede resultar el papel de España tanto en América Latina como en los aledaños mediterráneos.

Mantenerse a la expectativa

En cualquier caso, sería de extrañar que la política del Gobierno español haga un giro notable. La mejor táctica es evitar el apresuramiento y mantenerse a la expectativa. Será el Gobierno de Obama el que, inteligentemente asesorado, deberá mover ficha y agregar a España al equipo de leales aliados.

Se dará cuenta pronto de que España puede jugar un papel de moderación en los escenarios de tensión en América Latina. Puede resultar insustituible en complementar los servicios educativos de esa impresionante minoría hispana.

España ya está implicada en la complicada trama de Afganistán, sigue aportando tropas y servicios en los territorios de la antigua Yugoslavia y el Líbano, y está dispuesta a contribuir con fondos al desarrollo en África y Latinoamérica, a programas bilaterales y a esquemas multilaterales.

Pero tanto el Gobierno como el sector privado deberían ser conscientes de que en España se sigue teniendo un conocimiento superficial sobre EEUU. Su sistema político, sus instituciones, su entramado social y sobre todo su lengua (sigue siendo deprimente el dominio del inglés en España) son lagunas lamentables incluso en los estratos cultos.

Nada se logra con aducir que la ignorancia sobre España en EEUU es impresionante (con la excepción de algunos centros universitarios). Los norteamericanos (cada vez menos, por la globalización) quizá pueden permitirse ese lujo. España, no. Aunque se impone un mundo multipolar, de momento la superpotencia más importante es EEUU. Hay que saber cómo tratar esa realidad.