Domingo, 31 de Agosto de 2008

Jazz es Nueva York

Manhattan, hoy como ayer, ofrece a los aficionados los mejores clubes del mundo para la música improvisada

VÍCTOR CHARNECO ·31/08/2008 - 00:49h

La calle 52 de Manhattan no tiene hoy nada que la diferencie de la 51, de la 53 (sólo distinguida por la monumentalidad del MOMA) o de cualquier otra del Midtown. Si acaso, el observador avisado encontrará una placa adicional en su cruce con la Sexta Avenida, el sobrenombre que remite a su tiempo de esplendor musical: Swing Street. Entre 1935 y 1965, este desfiladero entre las avenidas Quinta y Séptima era conocido por músicos y aficionados al jazz como La calle del swing o, simplemente, The Sreet (La calle). Las noches ardían en un desenfreno creativo y vital a lo largo de un interminable zigzag de clubes -Onyx, Downbeat, Three Deuces, Spotlite, Kelly's Stable, Famous Door...- donde se forjaban ante el público blanco las leyendas de Charlie Parker, Dizzy Gillespie o Thelonius Monk, los mismos genios que inventaban al tiempo el jazz moderno en interminables jam sessions de madrugada en los clubes negros de Harlem.

Las aceras de la calle 52 sirven ahora de entrada a bancos, tiendas, imponentes condominios y algunos teatros, sin rastro de ese tiempo mítico. Y sin embargo, ese pedazo de la inmensa ciudad es aún una parada ineludible para aficionados al

jazz de todo el mundo, que en su estancia de turistas no pueden obviar el territorio donde se hizo sublime el estilo musical que más se identifica con esta ciudad. Asiáticos, árabes y europeos recorren la 52 con paso demorado, certificando cómo la explosión inmobiliaria ganó la batalla. A mediados de la década de 1950 muchos locales de La calle y alrededores, entre ellos, algunos de los más conocidos, como Birdland, Blue Note o Iridium, cambiaron sus emplazamientos por locales alejados del carísimo Midtown; otros fueron sustituidos por clubes de strip-tease (como describe con fidelidad una de las pocas películas que han honrado al jazz, Bird, de Clint Eastwood, 1988), o simplemente fueron derrotados y desaparecieron, dejando tras de sí la vibración sonora de su recuerdo.

Murió ese tiempo y, sin embargo, el Nueva York contemporáneo es todavía la ciudad del jazz, un lugar repleto de espacios en los que escuchar buena música improvisada, el mejor del mundo para muchos. "Éste es un gran momento", asegura Javier Vercher, saxofonista español afincado en la Gran Manzana. "Se está produciendo un relevo generacional. Los que tuvieron mucho que decir entre 1995 y 2000 están dejando un espacio a los nuevos músicos, que todavía nos frotamos los ojos cuando subimos a tocar con gente como ellos. Hay momentos en los que estamos activas sobre el escenario tres generaciones distintas, músicos de 60, 40 y 30 años, y esta mezcla genera mucha creatividad, porque las músicas de cada grupo suenan de un modo muy diferente y lo que se escucha es más libre y abierto", cuenta.

"Los mejores intérpretes siguen viniendo a tocar aquí porque el ambiente les remite al de las grandes épocas, pero también hay una atracción para los jóvenes, porque en estos locales tienen la oportunidad de conectar con sus maestros", asegura Spike Wilner, dueño de Smalls, un centro de referencia para los que ya han destacado. ¿Y dónde hay que ir para ver actuaciones de calidad? "El Greenwich Village es el gran refugio del jazz, aquí es donde sobrevive el espíritu de los antiguos maestros y el área propicia para ver lo mejor que se está haciendo en la actualidad", confirma el pianista Sam Yahel.

Los grandes templos

El Lower West Side es, así pues, la primera parada hoy día para el aficionado. Partiendo desde Washington Square y cayendo hasta las últimas estribaciones de la ciudad, lugares ya muy cercanos a la orilla del río Hudson. Aquí están dos de los locales clásicos, la champions league de los jazzmen, adonde sólo se accede cuando se ha acreditado un indudable magisterio: el Blue Note y el Village Vanguard. El primero de ellos es, seguramente, el más conocido de Nueva York en todo el mundo, por allí pasan muchísimos turistas; el Vanguard, por contra, es una delicatessen para expertos en la materia y público local, el único de los clubes legendarios que se mantiene en su emplazamiento original y a salvo de cambios, el mito donde se han grabado más de un centenar de álbumes, entre ellos, algunos discos históricos del género (directos de Bill Evans, SonnyRollins, John Coltrane...).

Sin salir del West Village, con acceso libre o pagando una pequeña entrada, casi nunca superior a 20 dólares, se puede elegir en función del programa entre clubes como Garage, 55, Jazz Gallery, Fat Cat o Arthur's Tavern; todos ellos de un estilo que podría definirse como clásico. "En cada barrio se toca de un modo distinto, el West Village es el más europeo, en Harlem todo tiene una raíz más racial y en Brooklyn se están haciendo las cosas más locas, el jazz más moderno, que incorpora ya mucha electrónica", complementa Vercher.

El pianista cubano Aruán Ortiz escucha complacido cuando se le pregunta por el éxito de su barrio, con una sonrisa de reconocimiento. "Es que el espíritu de Bird sigue aquí, en el Village, donde vivía, en la casa que todavía se mantiene en pie; y también en los lugares por los que transitaron Miles, Monk, Coltrane... Para los intérpretes es importante encontrarse con la esencia de todos ellos, porque en definitiva nosotros sólo estamos recreando y actualizando el movimiento de vanguardia que ellos fueron", concluye.

Otros dos nombres de la clasificación más elitista de clubes, que mudaron de su ubicación original, son el Birdland, que tomó su nombre del apodo de Charlie Bird Parker y ahora abre en la zona de Hell's Kitchen, e Iridium, hoy en las inmediaciones de Times Square, donde pelea con firmeza contra el Broadway de los musicales. En ambos sitios coinciden turistas de paso con jazzeros de buen gusto.

Escenarios para el mestizaje

El jazz siempre se ha hecho más grande conforme abandona una tradición bien aprendida en favor del diálogo con otros estilos; a través de las improvisaciones de sus intérpretes, de su habilidad para mezclar los sonidos de su instrumento con los propios de otros músicos que les acompañan sobre el escenario. Ahí está su vanguardia, en la introducción de elementos vivos e innovadores. Un ejemplo actual lo ofrece Francisco Mela, que convierte su batería en una coctelera en la que no falta la raíz folclórica cubana: "Inserto los ritmos del ambiente en el que me crié y no soy el único que introduce nuevos factores; hay mucho sonido underground y gente haciendo música bien buena en locales como Cachaça".

Como en la época de la Swing Street, en la multiculturalidad de Harlem -un barrio cada vez más de moda en la mutante isla-, se sigue dando hoy la mejor fusión, fruto del paso de quienes llegan de cualquier parte del mundo y se instalan en sus calles, trayendo lenguas y ritmos nuevos en su heterodoxo equipaje. En esta zona norte de Manhattan se combinan clásicos vivos como Minton's (que reabrió en 2006, tras 32 años cerrado), donde el visitante puede participar en la celebración del cumple- años de un vecino en la que todos cantan variaciones del Happy Birthday, con citas del circuito más oficial, como Lenox Lounge. Y entre ambos es posible sorprenderse con hallazgos deslumbrantes, como el Saint Nick's Pub, situado en la zona de Sugar Hill, un local especializado en jazz africano, en el que es posible asistir a jams que se extienden en la madrugada.

También se accede a pujantes nuevos ritmos africanos en otra de las nuevas áreas de experimentación, la única zona que cruza puentes y abandona la isla de Manhattan para asentarse en Williamsburg, Brooklyn, el reducto de los artistas más jóvenes. Allí está Zebulon, puerta de entrada para los sonidos electrónicos, que continúan más tarde en Galápagos, Muses o Soft Spot. Desde su paisaje postindustrial se divisa el Puente de Brooklyn, el Downtown y, más allá, de nuevo el Village, templo en el cual reside hoy día la esencia del jazz, que desde aquí se discute y mejora, como ha ocurrido siempre a lo largo del intenso siglo de vida de este género oscuro y feliz.

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