Viernes, 29 de Agosto de 2008

Katrina sigue vivo

Al cumplirse tres años del paso del huracán, Nueva Orleáns aún  sufre por culpa de las dimensiones de la catástrofe y la burocracia

Un recorrido de 35 dólares

ISABEL PIQUER ·29/08/2008 - 20:01h

Han pasado tres años y el Katrina sigue destruyendo Nueva Orleáns. Las aguas se han retirado, los vientos huracanados han dejado de soplar, pero los supervivientes siguen padeciendo los efectos de la mayor tragedia natural de la historia reciente de EEUU. Les toca ahora enfrentarse a unos elementos casi más implacables: un mar de burocracia y de papeleo que no les deja volver a sus casas y reconstruir sus vidas.

Nueve días antes del tercer aniversario recordado ayer, el presidente George Bush, en una brevísima visita, aseguró que Nueva Orleáns tiene un “gran futuro” por delante porque “la esperanza ha vuelto”. Sin duda, no ha hablado con Mack McClendon. “¿Esperanza? Nosotros seguimos teniendo el Katrina en la cabeza. Vivimos con ello todos los días. Es una pesadilla de la que no conseguimos despertar”.

McClendon, sentado en el jardín destartalado del centro comunitario que dirige, Lower 9th Ward Village (el pueblo del distrito 9), se resigna y muestra con un gesto los alrededores: “Mire y dígame que ve. Ruina y más ruina”.

Y sí. Nada ilustra mejor la tremenda conjunción de elementos que casi borran del mapa a Nueva Orleáns que el distrito 9. Separado por uno de los canales que agilizan el tráfico comercial del Mississippi, era un barrio especial en una ciudad peculiar. Casi enteramente afroamericano, pobre pero tradicional, la gente vivía y permanecía aquí durante generaciones, hogar de muchos de los músicos que ambientaban las calles y los bares de jazz del barrio francés. El distrito 9, con sus casitas de madera y sus jardines diminutos, no era mal sitio para crecer y hacerse viejo.

Pero ahora es un enorme descampado con restos desahuciados y algunas construcciones nuevas pero dispersas. Uno esperaría ver grúas y obras, pero sólo hay silencio y matorrales. El esfuerzo de reconstrucción se limita a un par de organizaciones locales y unas decenas de voluntarios, la mayoría estudiantes, venidos del resto de EEUU.

Tom Pepper forma y lidera algunos jóvenes para Common Ground Relief, una asociación local que ayuda a los más desheredados. “Aquí vivían 19.000 personas. Algo más de la mitad ha regresado”, dice, “Este era el barrio afroamericano con mayor porcentaje de propietarios de toda Luisiana, pero vivían al margen del sistema, se iban pasando las casas de padres a hijos. Al no tener papeles para demostrar la propiedad, muchos no han tenido derecho a ninguna ayuda”, añade Pepper.

Al menos no a la ayuda pública lanzada en 2006 con el programa Road Home: 150.000 dólares por familia y por casa destruida. En total, 10.300 millones de dólares que llovieron de Washington y no siempre fueron a parar a quien lo necesitaba. Pepper cuenta historias espeluznantes sobre el rodillo anónimo e implacable de una burocracia ineficaz y, sin decirlo abiertamente, también corrupta, que sigue manteniendo a muchas familias en el limbo del Katrina. “Algunos reconstruyeron sus casas sin hacer caso de las normativas porque tardaban mucho. Llegaron los agentes y les obligaron a destruir las viviendas, pero ya no había dinero para construirlas de nuevo”.

Y mientras, el barrio se va muriendo. Es un círculo vicioso. Si no hay masa crítica de habitantes, no hay servicios básicos y sin servicios básicos nadie quiere regresar. “Sólo queda una escuela, no hay facilidades médicas, sólo ha vuelto el 25% del transporte público”, explica Pepper. “Son cosas muy elementales”, dice McClendon, “pero tampoco hay bancos. ¿Cómo va la gente a cobrar el dinero y manejarlo sin un banco cercano?”. Desde su centro comunitario, este antiguo chatarrero espera recomponer parte del tejido social que se llevó el huracán. Algunas casas han empezado a tomar forma, elevadas sobre pilares reglamentarios a un mínimo de un metro del suelo. Palafitos de una ciudad lacustre sin más agua que la de una próxima catástrofe.

Algunas son obra de Make it Right, la organización creada por el actor Brad Pitt en diciembre de 2007 para levantar 150 viviendas ecológicamente viables. No ha sido una operación publicitaria, sino un genuino intento por sacar del olvido a esta zona siniestrada. La primera casa debería estar lista para este tercer aniversario. “Brad viene por aquí regularmente y habla con todo el mundo”, revela Pepper.

No todo Nueva Orleáns está así. Si uno no quiere salir del barrio francés, que no llegó a inundarse, no se entera de los estragos aún pendientes. La ciudad cuenta ahora con unos 300.000 habitantes, un tercio menos que antes del desastre. Algunos no regresarán nunca, asentados en sus nuevas vidas, en los estados vecinos de Texas, Mississippi y Georgia. Volver se hace cada vez más difícil. Los alquileres han subido una media del 46%. Más de 4.000 familias viven dispersas en algunas de las caravanas que FEMA (la Agencia Federal de Emergencias, por sus siglas en inglés) instaló en plena debacle sin saber dónde ir.

Los agravantes

El Katrina no sólo fue una tragedia natural. Hubo agravantes: la lenta erosión de las costas del Golfo de México provocada por la explotación petrolífera, la reparación defectuosa de los diques del lago Pontchartrain en los años sesenta que acabó engullendo Nueva Orleáns, la dejadez ante las advertencias del peligro, la ineficacia de FEMA, del Gobierno de Bush y de las autoridades locales, y el alma decadente de una ciudad que eligió vivir bajo el nivel del mar.

Los factores humanos han prolongado la devastación. Nueva Orleáns es una ciudad con una complicada herencia de cuentas borrosas y racismo confesado. Cada mes salen nuevos casos de corrupción. A finales de julio, la empresa encargada de buscar alojamiento a los más pobres y ancianos fue acusada de hinchar sus facturas (una de ellas del cuñado del alcalde, Ray Naguin, que se ha desentendido de todo el tema de la reconstrucción) en casi dos millones de dólares.

Según una encuesta, el 60% de los habitantes cree que el Congreso se ha olvidado de ellos y otro 70%, que los casi 20.000 millones de dólares de ayuda federal –14.700 millones para arreglar los diques de aquí a 2111 y 4.700 millones en ayuda a la vivienda– han ido a parar a bolsillos equivocados. “Las autoridades ponen más dificultades de tramitación en los barrios negros que en los blancos”, dice Tanya Harris de la organización comunitaria ACORN.

Y luego está el crimen. Nueva Orleáns sigue siendo una de las ciudades más peligrosas de EEUU. Hace unos meses, se decidió que las tropas de la Guardia Nacional mantuvieran un destacamento estable de 200 soldados. “La gente no confía en la Policía local y también hay temor a que los narcotraficantes ocupen las casas”, cuenta Pepper.

Algo más se ha perdido. “Lo bueno de esta ciudad es que sabías que siempre había alguien para ayudarte. Nunca te ibas a morir de hambre”, dice McClendon. “Por eso se llama The Big Easy, la ciudad fácil. Ahora ha desaparecido. Se lo ha llevado el Katrina”.

La amenaza, tres años después

El huracán ‘Gustav’ afila los dientes a estas horas entre Jamaica y Cuba. Los meteorólogos comienzan a temerse lo peor. ‘Gustav’ se desplaza lento, “como un elefante”, apuntaban ayer vía teléfonica desde La Habana, mientras hincha su barriga de humedad. “Mala señal que se mueva tan despacio en el mar. Estamos preparándonos para lo peor”, añadían en la isla. Cada cubano esconde un maestro en ciclones, es una cuestión de defensa nacional.

Por el momento, llega como una depresión tropical “aunque a veces es peor porque da más agua”. Toda la región occidental, desde Pinar del Río hasta Villa Clara y Cienfuegos, incluida la Isla de la Juventud, está en alarma ciclónica. El Ejército está en la calle. Las previsiones son desalentadoras. “‘Gustav’ puede ser un gran huracán en las cercanías de Cuba y su área de influencia será enorme”, informaba ayer el Instituto de Meteorología. Si no varía la ruta, el domingo dejará Cuba para enfilar hacia el sur de EEUU convertido en un monstruo. Se espera que llegue allí el miércoles y la estimación es que podría impactar cerca de Nueva Orleáns, aunque todavía es demasiado pronto para saberlo con precisión.

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