Jueves, 28 de Agosto de 2008

"Obama sabía que su nombre sería un problema"

Michael Evasn fue reverendo de Chicago. Hace 20 años trabajó con Obama para solucionar los problemas sociales de la ciudad

I.PIQUER ·28/08/2008 - 21:11h

Michael Evans apaga las luces de la antigua iglesia que alberga su organización, Developing Community Project, para que no haga tanto calor. Hace unos días le robaron el aire acondicionado. “No sé muy bien cómo lo hicieron porque estaba empotrado en la pared. Imagino que tuvieron que usar un camión para tirar desde la calle”. Evans está más resignado que enfadado. “Le pasó lo mismo a la iglesia de enfrente, y eso que tenía un sistema aún más grande que el nuestro. También era nuevo, pesaba cinco toneladas”.

Los temas por los que lucha Evans en Chicago son los mismos por los que luchaba Barack Obama hace más de 20 años: seguridad pública, de-sarrollo económico, programas para los jóvenes, sobre todo eso, los jóvenes, para que en este barrio no caigan en la delincuencia o en la apatía.

¿Qué hace el ‘organizador de la comunidad’?

Debe despertar la atención sobre problemas que la comunidad a veces ni siquiera sabe que tiene. Hay tantas cosas que hacer que lo más eficaz es intentar centrarse en algo muy concreto e intentar resolverlo. Como reconocía el propio Barack: no puedes hacer todo lo que te gustaría hacer.

¿Qué hizo exactamente Obama en esa labor?

Lo mejor que hizo fue dejar una red de gente preparada y motivada. Mucho de lo que pudimos hacer luego fue porque él estuvo aquí. En tres años tampoco puedes hacer tanto, pero se aprende mucho sobre la gente y sus necesidades. Trabajar en la calle no es lo mismo que tomar decisiones desde arriba. Siempre digo que la gente mala tiene sus motivaciones y actúa enseguida, mientras que la buena gente no tiene esa urgencia, así que hay que pasar mucho tiempo convenciéndoles y despertar sus conciencias.

¿Cuándo conoció a Obama?

Conocí a Barack a principios de los noventa. Una amiga común, Loretta, me dijo: “Ya verás, un día será presidente de Estados Unidos”. Y yo pensé que era una exageración y que era un poco injusto imponer tales expectativas. Barack volvía a Chicago regularmente. Un día me llamó y me dijo que quería conocerme. Cuando lo vi pensé que parecía muy joven, y eso que tenemos la misma edad. Ya por aquella época iba mucho al gimnasio. Parecía muy seguro de sí mismo. En un momento de la conversación le dije lo que me había dicho Loretta. Empezó a reírse tanto que la gente alrededor se puso a mirarnos. Luego me dijo que lo que quería era ser alcalde de Chicago. Y le dije que le ayudaría en cualquier cosa.

Ya antes de meterse en política tenía ambiciones muy claras...

Ya en Harvard sabía que quería volver a Chicago. Él pensaba que el principal obstáculo era su nombre. “Me llamo Barack Obama –me dijo–y eso suena a africano y a la gente le parecerá raro. Pero si consigo superar ese escollo, demostrarles que soy de verdad americano, y mostrar lo que sé hacer, estoy convencido de que la gente me hará caso y verá que me importa”. Quería sobre todo que su trabajo hablara por él.

¿Volvió luego de senador?

Sí, de vez en cuando. Y nos echó una mano en un par de proyectos. Nos invitó a su inauguración en Washington en 2004. Estaba tan feliz. Parecía un niño en una tienda de chucherías.

¿Ha cambiado mucho?

Cuando estaba en Spring-field siempre encontraba tiempo para reunirse con nosotros. En 2006 fuimos a verle a Washington para que respaldara uno de nuestros proyectos. Me acuerdo sobre todo de una anécdota: de pronto se metió conmigo muy rápido en el ascensor: “Mike, cierra la puerta rápido”, me dijo, y subimos hasta el último piso. Al poco de llegar vimos a los del Servicio Secreto, exhaustos. Le habían seguido por las escaleras. “Señor Obama, no vuelva a hacer eso, por favor”, dijo uno de ellos. Barack se estaba riendo. Ya no creo que haga eso.