Miércoles, 27 de Agosto de 2008

Robots con alma de bichos

España participa en la creación de máquinas inteligentes que emulan el cerebro de los insectos y se adaptan al entorno 

JUANMA ROMERO ·27/08/2008 - 08:46h

MÓNICA PATXOT - El profesor Paolo Arena enseña su robot a los alumnos de los cursos de verano de la UCM.

Un devastador terremoto asuela la zona. Destruye decenas de edificios. Sepulta a cientos de personas. Muchas mueren al momento. Otras están atrapadas. Y el tiempo corre contra ellas.

La fotografía se repite con demasiada frecuencia, cada vez en un punto distinto del globo. Los medios no siempre son suficientes, y la tecnología a veces no puede ayudar más. Pero hoy la ciencia estudia cómo construir robots que no se atoren ante la primera dificultad seria que se encuentran. Sondas rodantes como Opportunity o Spirit, en Marte desde 2004, están programadas para explorar la superficie del planeta, muy lentamente. Todos sus movimientos están controlados desde la Tierra. No piensan ni saben buscar alternativas si tropiezan con un gran obstáculo.

Pero la biología se forja como una potente aliada. Es la idea matriz que inspira el proyecto Spark (Spatial- Temporal Patterns for  Action-Oriented Perception in Roving Robots) que, desde febrero de este año y hasta 2011, afronta su segunda fase de trabajo, en la que participan tres países (España, Italia y Alemania) .La Comisión Europea subvenciona este Spark II con un millón de euros.

Insectos palo, drosófilas y cucarachas

"Los robots que desarrollamos se basan en la naturaleza, con la idea de que construyan soluciones similares a las que utilizan los insectos para moverse en su ambiente", explica Paolo Arena, coordinador del proyecto y profesor de la universidad italiana de Catania. Este mes se ha desplazado a Madrid, a San Lorenzo de El Escorial, para codirigir un curso de verano de la Universidad Complutense y así enseñar los primeros prototipos. Se trata de unos sofisticados cacharros provistos de unos sensores con los que perciben su entorno. Si ven un obstáculo -una tapia, por ejemplo-, se detienen, idean enseguida una alternativa y se dirigen al objetivo. Si pierden una de sus piezas, no se atascan. Continúan con su misión.

"Queremos que estos robots, a diferencia de los convencionales, se muevan de manera autónoma, reaccionen a los estímulos en un ambiente desordenado, aprendan de la experiencia e improvisen", añade Arena. El primer paso es estudiar cómo responden a su entorno tres artrópodos: insectos palo, moscas del vinagre (Drosophila melanogaster) y cucarachas, todos ellos "robustos anatómicamente, adaptativos, inteligentes y con cerebros más sencillos de analizar".

En la misma línea de investigación trabaja el equipo del ingeniero Pablo Varona, de la Universidad Autónoma de Madrid, más centrado en la creación de robots modulares, y no con patas, como los de Spark. "La bioingeniería diseña circuitos neuronales que se autoorganizan. En lugar de montar un robot compacto, se construyen máquinas complejas a partir de elementos más simples: módulos controlados por neuronas que dialogan entre sí y que, acopladas, forman un circuito".

La fuerza de estos biorrobots reside, pues, en esos circuitos neuronales, los CPG (generadores centrales de patrones, en sus siglas en inglés), que permiten una programación más dinámica, no tan rígida como la que exige la robótica tradicional.

"Nos ahorramos prever las miles de situaciones posibles que puede encontrarse la máquina. Aquí cada neurona afronta su pequeño conflicto y le busca una salida", subraya Varona, que elogia también el trabajo entre disciplinas al que obliga la bioingeniería: "Antes trabajábamos por separado. Hoy cada vez más neurocientíficos, biólogos, ingenieros, o matemáticos investigan juntos". Equipos mestizos para una meta común, un bicho de alma mixta. Nunca única, precisa el profesor de la UAM: "El mejor robot no es el que imita al 100% la naturaleza, sino el híbrido, que aúna lo mejor de la ingeniería y de la biología".

Arena gesticula, ufano. El futuro promete. Biorrobots que exploren planetas, el fondo del mar o campos de minas antipersona, que mejoren la movilidad de discapacitados y ancianos, o que reconozcan la voz de los atrapados en zonas de catástrofe. Siempre sin despistarse.

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