Lunes, 25 de Agosto de 2008

Un verano de ciencia-ficción

Los estrenos de cine futurista no descansan estas vacaciones.

ANTONIO DYAZ ·25/08/2008 - 21:43h

Wall-e

Decididamente, los ovnis son artículos de playa. Las vacaciones estivales se confirman como la mejor época del año para los estrenos de películas de ciencia ficción. El próximo viernes, se presentan Clone Wars (David Filoni) y Hellboy 2 (Guillermo del Toro), que coinciden en la cartelera con títulos muy recientes como El caballero oscuro, Wall-E, Hancock o Los cronocrímenes.

Pero para consumir ciencia ficción y conocer alienígenas, viajar a otros planetas o descubrir que este mundo es sólo una dimensión paralela, no hace falta moverse del sofá o de la tumbona, basta con tener tiempo libre y un puñado de clásicos del género a mano, en libro o en DVD.

En el género de la ciencia ficción, se podría incluir cualquier obra en cuyo argumento intervenga algún factor científico o tecnológico desconocido en el momento de su concepción. O que describa algún contacto con civilizaciones extraterrestres, a las que siempre se concede un mayor grado de desarrollo (si se fija el lector, no hay películas o novelas acerca de alienígenas zoquetes, tipo oveja o koala). Pero ojo, nada de magia o poderes ocultos; eso queda reservado al género fantástico, cuyas creaciones (El señor de los anillos, Harry Potter, etc.) forman parte de otro universo, que rara vez se mezcla con la ciencia ficción, mucho más práctica y empírica.

El asma de Darth Vader

El airado fan de Star Wars, en desacuerdo con el último párrafo, hará bien en recordar que la famosa fuerza se puede detectar mediante un análisis de sangre (ver Episodio I, cuando Obi Wan Kenobi recluta al niño Anakin). Gracias a ese detalle, que George Lucas mete con calzador, toda la saga Star Wars se despoja de su sentido místico y sobrenatural. Hay magia en Conan, incluso en algunas películas de Pajares y Esteso, pero no en el asma de Darth Vader.

La ciencia ficción es, junto con el porno, el único género cuya definición cambia con el tiempo. Porque un western siempre será un western, pero las películas clasificadas S de hace tres décadas aburren hoy a cualquier adolescente pajillero. Con la ciencia ficción, sucede algo parecido porque la ciencia avanza muy rápido, pisando los talones a la ficción, que debe buscar caminos cada vez más audaces para seguir sorprendiendo al público... hasta que un laboratorio consigue superarla de nuevo.

Unos autores se adelantaron a su tiempo y otros se quedaron cortos

Unos autores se adelantaron a su tiempo y otros se quedaron cortos. La famosa novela de George Orwell, 1984, que escribió en 1948, ha sido superada ampliamente por la realidad, que decidió seguir otro camino. Y el iluso de Arthur C. Clarke pensó que en 2001 conoceríamos Júpiter, cuando los noticiarios sólo nos descubrieron Afganistán en llamas... El submarino o el cohete surgieron de la pluma de Julio Verne, muchas de cuyas novelas han servido de inspiración a los ingenieros. Cuando Michael Crichton escribió Jurassic Park, en 1990, los especialistas se apresuraron a tachar de "fantasía irrealizable" la clonación de animales extintos a partir del ADN de algunos fósiles... Han transcurrido menos de 20 años y ningún científico se atreve ahora a cuestionar la base teórica del asunto. Pronto veremos mamuts en cautividad y un poco más tarde podremos saborearlos en los McDonalds a un precio razonable.

Según numerosas novelas, se llegará a clonar al mismísimo Jesucristo a partir de reliquias custodiadas por logias secretas. Esta plaga editorial de corte religioso, que ha invadido las listas de best sellers, también puede considerarse como ciencia ficción (que en este caso podríamos denominar Cristo ficción).

‘Spain is different'

Para desgracia de nuestro patriotismo (si lo hubiera), los comienzos de la ciencia ficción no deben nada a los autores españoles. Sólo es posible citar un par de nombres casi olvidados, como Jesús de Aragón (también llamado El Julio Verne Ibérico) o Tomás Salvador... Mucho más tarde, al final del siglo pasado, aparecerían Jordi Serra i Fabrá, Elia Barceló o León Arsenal... Ninguno de ellos es tan conocido como Ana Rosa Quintana, por citar a una escritora al azar.

En descargo de la creatividad ibérica, puede decirse que no ayuda vivir 40 años bajo una dictadura porque la inercia es enorme. La ciencia ficción y la fantasía tienden a considerarse géneros superfluos o poco comprometidos en países que han sufrido (o que sufren) regímenes totalitarios. Al mismo tiempo, novelas como Un mundo feliz, de Aldous Huxley, o los libros de George Orwell enmascaran feroces críticas bajo su falsa apariencia de utopías. Por poner algunos ejemplos, nadie escribe ciencia ficción en Irán, Arabia Saudí o Marruecos. Ni lo hicieron en el Chile de Pinochet. Ni en Cuba.

Quizá la excepción es el polaco Stanislav Lem, que dejó de escribir ciencia ficción tras la caída del comunismo. Unos años antes, su novela Solaris fue llevada al cine por el inmenso Andrei Tarkovsky, que murió en el exilio parisino proscrito en la URSS.

Mariachis y platillos volantes

En España, ni siquiera hubo valor o ingenio para fusionar el cine folclórico de copla, torero y peineta con los desvaríos cósmicos. Qué envidia produce revisar algunas películas mexicanas de aquellos años, que mezclaban mariachis con platillos volantes tripulados por exuberantes divas (si quiere el lector pasar un rato inolvidable, busque en alguna filmoteca La nave de los monstruos, dirigida por Rogelio González en 1960).

Es un hecho que la ciencia ficción no está bien vista en España

Es un hecho que la ciencia ficción no está bien vista en España. Quizá porque nuestra literatura arrastra las pesadas cadenas de Unamuno, Baroja, Galdós o Delibes, cuya aversión a los efectos especiales es bien conocida.Mientras aquí se leían los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín, al otro lado del Atlántico devoraban la pulpa inmortal de publicaciones como Weird Tales o Amazing Stories, salpicadas con relatos de H. P. Lovecraft, Theodore Sturgeon o Isaac Asimov. No se puede reescribir la Historia... pero se puede releer, sobre todo en unas buenas vacaciones.

Dentro de la escasa cosecha nacional, destaca como sugerencia de lectura veraniega la novela futurista de Ray Loriga, Tokio ya no nos quiere (Plaza & Janés), que en su momento no agradó ni a la crítica ni al público, pero que ahora se está convirtiendo en un libro de culto, como sucedió con las Crónicas marcianas de su tocayo Ray Bradbury (Minotauro). El cyberpunk es una corriente literaria que nació con una muy recomendable recopilación de relatos titulada Mirror Shades (Siruela). Entre sus autores, figura William Gibson, cuya profética Neuromante (Minotauro) cambiaría la ciencia ficción para siempre. Quien la lea aprenderá de dónde viene la trilogía Matrix.

Este año, el escritor visionario por excelencia, Philip K. Dick, habría cumplido 80 primaveras. Blade Runner, Minority Report o Desafío Total son algunas de las películas basadas en sus inquietantes novelas, todas ellas ideales para la playa. Destaca Ubik (Puzzle), perfecta para una semana en apartahotel en régimen de alojamiento y desayuno. Después, en el vuelo de regreso, puede elegirse Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos (Minotauro), la escalofriante y absorbente biografía del propio K. Dick, escrita por manuel Carrére.

Cine marciano

Los que no estén en bañador frente al mar pueden asimismo extender la toalla en el videoclub y alquilar esas pelis que siempre se critican y nunca se ven... Sin complejos. La gran pantalla siempre fue cómplice de sofocos estivales y formas de vida extraterrestres. En Independence Day, por ejemplo, que se estrenó también en verano, un 4 de julio, los alienígenas volvían a ser malos, tras el edulcorado paréntesis que abrió E.T.

También se puede ir a una sala de cine a ver Hancock, que navega entre la comedia y la ciencia ficción. Protagonizada por Will Smith, una cara ya habitual en este género, desde las muy ingeniosas y divertidas Men in Black (I y II) a la magnífica Soy Leyenda, pasando por Yo Robot, inspirada en los relatos del entrañable Isaac Asimov (¿sabía el lector que éste creció en Brooklyn, a pocas manzanas de Paul Auster?). 

Lo cierto es que tampoco hay muchas películas de ciencia ficción españolas, por eso hay que recibir con alborozo el estreno este año del primer largo de Nacho Vigalondo, Los cronocrímenes. Tom Cruise ha comprado los derechos, habrá que cruzar los dedos...

Hay un best seller que nunca pasa de moda, una joya del delirio psicotrónico: ¡La Biblia!

En 2008, se cumplen ya 40 años desde el estreno de 2001, una odisea del espacio, dirigida por el inmortal (y, a pesar de ello, fallecido) Stanley Kubrick. Para redondear la conmemoración, el pasado marzo también se fue Arthur C. Clarke, autor de la novela homónima, entre muchos otros títulos. De su inmensa obra, cabe recomendar como punto de partida el clásico Cita con Rama (Edhasa).

Mención aparte merece el primer libro de la nueva trilogía de Brandon Sanderson, titulada Mistborn I: el imperio final (Ediciones B), recién salida del horno. Sanderson tiene un padrino de lujo: Orson Scott Card, cuya novela El juego de Ender hizo soñar a millones de lectores que nunca antes habían leído ciencia ficción.

La lista podría ser muy larga: Fundación, de Isaac Asimov; Dune, de Frank Herbert; Ambiente, de Jack Womack... Pero como las vacaciones dan para mucho, cabe citar aún dos libros místicos muy resultones.

El primero es Campo de batalla, la Tierra, la obra más conocida de L. Ronald Hubbard, el fundador de la Cienciología. Y si el lector es un poco más retorcido, hay un best seller que nunca pasa de moda, una joya del delirio psicotrónico... Es decir... ¡La Biblia! No es una broma (pregunte el lector a Iker Jiménez). Se puede leer en la playa, con la mente abierta y la piel desnuda... pero con discreción, para evitar líos.

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