Martes, 19 de Agosto de 2008

Al servicio de una estrategia fracasada

ÍÑIGO SÁENZ DE UGARTE ·19/08/2008 - 22:42h

Ni en la OTAN ni en Washington ni en Londres intentan ya ocultar la realidad. La estrategia occidental en la guerra de Afganistán no está dando los resultados deseados. Se impone un aumento de tropas, con pocos candidatos para cubrir las vacantes, y no se descartan cambios de mayor calado, como unir bajo un mismo mando, que será norteamericano, las tropas de la OTAN, entre las que hay 800 efectivos españoles, y las fuerzas militares norteamericanas cuya única misión es la lucha contra Al Qaeda y los talibanes. La guerra y la reconstrucción van igual de mal. Quizá unificando criterios, el resultado será diferente, pero pocos lo creen.

El enfrentamiento militar nunca concluirá en una victoria de los talibanes, pero estos han demostrado en los últimos 18 meses que están muy lejos de ser derrotados. La emboscada sufrida por los franceses revela que vuelven a ser capaces de montar operaciones militares complejas, a las que habían renunciado, para centrarse en los coches bomba, cuando descubrieron que no podían combatir de igual a igual.

El frente político de la reconstrucción tampoco avanza al camino deseado en la OTAN. El presidente afgano Karzai –al igual que lo ha sido hasta ahora el paquistaní Musharraf– es otro “aliado clave” incapaz de aumentar su credibilidad entre los afganos: la corrupción y la inseguridad abonan el terreno más propicio para las fuerzas insurgentes.

Lo que ha ocurrido en Afganistán y Pakistán no es muy diferente a la maldición que aqueja al mundo islámico, de la que también nosotros hemos sufrido sus consecuencias: gobiernos autoritarios y corrompidos, grupos yihadistas enraizados en el fanatismo, la influencia perniciosa de los sectores más integristas del clero, y una sociedad civil que anhela una modernización que temen que nunca llegue. Todos son factores que están presentes en distinta medida en estos países.

No todos los estados islámicos terminarán sufriendo guerras como las de Irak y Afganistán, pero parece que casi todos están condenados a malvivir bajo la amenaza de la opresión y la intolerancia.