Martes, 19 de Agosto de 2008

Del tráfico portuario al de la Fórmula 1

Recorrido por las calles de Valencia, que el viernes perderán su función urbana y quedarán convertidas en circuito de automovilismo. Un redactor de 'Público' realiza en su utilitario el mismo trayecto que cubrirá Alonso al volante de su R-28

ALFREDO VARONA ·19/08/2008 - 09:02h

ALBERTO SAIZ - El tráfico en el puerto marítimo está condicionado por el montaje del circuito, que ya se ha delimitado.

Son las tres de la tarde de domingo en el Puerto de Valencia. Sólo falta una semana para el Gran Premio de Fórmula 1. Y, naturalmente, todo lo que sucede ahora se aleja de la crónica diaria del emplazamiento.

El sol empuja en este espacio áspero, antipático, el astillero, los rastros del clásico polígono industrial. Pero justo aquí, al lado de los tinglados, en los que se guarda la mercancía marítima, se ha montado lo que serán los boxes y la meta de... ¡un circuito de Fórmula 1! A falta de siete días, ya se percibe de sobra.

Philippe Nulens, por ejemplo, rotula las vallas de publicidad desde las cinco de la mañana y él sólo es uno más. Hay mucha gente trabajando. Hay gradas que acaban de montarse y que ocultan semáforos; accesos cortados que trituran el tráfico o a la propia guardia civil encargada de la zona portuaria y a la que no le queda un minuto libre. Hay una legión de curiosos que se aproxima al puerto, y da igual que sean las tres de la tarde y que haga un calor imperdonable.

Pero esa misma recta será la que cruzará Alonso, y las fotos que se hacen rebasan lo simbólico. Es la prueba del yo estuve allí. Hay una parte más linda del circuito, la que deja al otro lado el puerto industrial y desde la que no se contempla el barrio de Nazaret, siempre torturado por la dificultad. Entonces se suceden curvas violentas y se dibuja en el horizonte el mar inacabable o la maravillosa playa de Las Arenas, desde la que el domingo sólo se escuchará el rugir de los motores. Los bloques de gradas, de asientos azules, impedirán ver a los que no paguen. La vida es así. Otra cosa será escuchar el ruido de los monoplazas.

"¡Quién pudiera!"

En la transición entre la riqueza y la pobreza, se pasa por la avenida J. J. Dómine, larga, lisa, recién asfaltada. Al otro lado del mar quedan bloques de edificios ya mayores. Sus balcones serán piedras preciosas el domingo, ¡quién pudiera! Pero es preferible preguntar a algún vecino de primera mano. Pulsamos el telefonillo en uno de los pisos del número 10 y abre Rajesh Bhatia, ingeniero informático indio que trabaja desde hace un año en Valencia.

Nos acompaña hasta la azotea. Desde ahí hoy aún se puede captar la foto prodigiosa. El domingo ya no "porque me parece", dice Bhatia, "que todo está alquilado". Y hay empresas que lo anuncian a tumba abierta. Pero tiene su lógica. Un palco vip no baja de los 390 euros. Y no parece tan caro.