Martes, 19 de Agosto de 2008

Cien años de Costa Brava

Un recorrido por el litoral que inspiró a Marcel Duchamp, Salvador Dalí, Truman Capote, Josep Pla o Ava Gardner

LÍDIA PENELO ·19/08/2008 - 07:33h

¿Qué llevó a Truman Capote, en plena dictadura franquista, a concluir A Sangre Fría en un pueblo de pescadores como Palamós? ¿Qué arrastró a Marcel Duchamp a establecer su residencia en el Cadaqués de 1960?

A pesar del hormigón y la masificación actual de la zona, aún se puede percibir qué conduce a numerosos artistas a hacer de ella su refugio. El próximo 12 de septiembre se cumplen 100 años desde que el diario La Veu de Catalunya bautizó como Costa Brava al litoral que va de Portbou a Blanes.

Un territorio que empieza por el norte con un paisaje de rocas casi lunar y que termina con unos pinos azotados por la tramontana, un viento que limpia algo más que las nubes del cielo. De los 22 municipios que conforman la Costa Brava, es habitual hacer parada en Cadaqués, Palafrugell, Palamós y Tossa de Mar.

Aun en agosto, dejarse seducir por la orografía agreste de la zona es recomendable.

PALAMÓS

Capote terminó 'A sangre fría' en una casa del puerto 

“Era pequeñito y friolero, en verano vestía una gabardina larga y paseaba un perro muy feo, que era como su enamorado”, recuerda aún hoy el propietario del Hotel Trias, Josep Colomer. El escritor estadounidense Truman Capote quedó enamorado de Palamós, y si no hubiera sido por su amante, Jack Dunphy, que prefería la montaña y le empujó a comprar una casa en Suiza, seguramente se habría establecido en la localidad.

Cuando Capote aterrizó en el Empordà, en 1959, ya había escrito Desayuno en Tiffany’s y su centro de operaciones era el hotel de la familia Colomer, aunque pronto se alojó en una casa cerca del puerto. Las barcas de los pescadores le despertaban temprano, aseguraba que ese ruido le ayudaba a empezar a trabajar. Capote escribía durante horas y en Palamós encontró todo lo necesario para terminar la obra que más le obsesionó y que catapultó su carrera: A sangre Fría. Pero el escritor también salía. Cuentan que se aficionó al suquet de peix, a las sardanas y al mercado semanal.

Hombre de costumbres, el escritor acudía a diario a la misma librería, y de un humor excelente, para comprar la prensa de su país. Sólo una mañana se marchó afligido del establecimiento: su amiga Marilyn Monroe había muerto. Aquel día, el cargamento habitual de olivas rellenas, ginebra y ginger ale, que realizaba en la pastelería Samsó, fue de ración doble.Quien se pregunte por qué Capote eligió Palamós encontrará la respuesta en el escritor Robert Ruark y en la actriz inglesa Madeleine Carroll, ambos amigos del autor y residentes en Palamós.

TOSSA DE MAR

Ava Gardner se convertía en la reina de la noche cada vez que visitaba España

“Debo de haber visto más amaneceres que cualquier otra actriz en la historia de Hollywood”, confesó Ava Gardner. La leyenda de la mujer que logró enamorar a Frank Sinatra, con el que estuvo casada ocho años, habla de una yegua desbocada en busca de acción, gran amante del sarao y la farándula.

El rodaje de Pandora y el holandés errante en Tossa de Mar, en 1951, incrementó toda la rumorología que ya rodeaba a la actriz. En aquella producción Gardner compartía cartel con James Mason y el torero Mario Cabré, con quien vivió un romance.

La amistad de la estrella con el escritor Ernest Hemingway, gran amante de las corridas de toros y de España, le llevó al parecer a aficionarse tanto a la fiesta como a los propios toreros.Tossa de Mar ha sido escenario de muchas películas. Su recinto amurallado con siete torres circulares es la seña de identidad de este pedacito de costa.

Subiendo el camino que serpentea hasta la cima de la villa romana, el paseante se encuentra con una escultura de Gardner realizada por Ció Abellí. La figura de la actriz mira al horizonte de el paraíso azul, cómo bautizó Marc Chagall a Tossa de Mar en 1933.

CADAQUÉS

Marcel Duchamp jugaba al ajedrez en el bar Melitón 

“Duchamp vivía aquí, éste era su punto de encuentro, siempre fue muy discreto, no era nada rarito”, cuenta Walter Faixó, nieto del hombre que abrió el bar Melitón en 1958. En este pequeño local, que hace esquina con el Paseo Marítimo, las paredes son una exposición de las obras gráficas de los artistas que han frecuentado el local. En ellas cuelga el último Ready Made que hizo Marcel Duchamp.

En el Melitón, el hombre que le puso bigote a la Mona Lisa, jugaba sin tregua al ajedrez y en el verano de 1961 era habitual encontrarlo con Salvador Dalí, entre otros. Ningún pueblo de pescadores de ese tamaño ha recibido a tantos famosos como Cadaqués.

Para los nostálgicos de la bohemia de la década de 1960, la chispa de la época continúa viva en Casa Anita, el restaurante en el que Dalí se inspiró para pintar La Última Cena y en el que Anita, la propietaria, le pelaba las gambas: “No le gustaba ensuciarse las manos”, rememora con cariño. “Él era generoso, Gala no”, apostilla.

En Cadaqués, algo es distinto y quizás Josep Pla encontró el secreto cuando lo comparó con una isla. “Estando en los Simonets sentiréis, sobre todo, las sensaciones que dan a las islas una obsesión de recogimiento, una seguridad -real o ficticia– y un sentimiento de lejanía”, escribió Pla en su libro Cadaqués.

PALAFRUGELL

Con un libro de Josep Pla se pueden descubrir las mejores calas de la zona 

Si se puede recorrer la Costa Brava percibiendo su luz, su olor y sus costumbres sin abandonar el sofá de casa, eso es sólo gracias al escritor Josep Pla. Los textos de este observador irónico y perspicaz son una guía imprescindible para perderse por los pueblecitos del Empordà. No en vano escribió: “El paisaje nos hace comprender la literatura, porque la literatura es la memoria del paisaje en el tiempo”.

La huella del escritor en Palafrugell, su pueblo natal, está muy presente: se pueden degustar los menús predilectos del escritor,  es posible recorrer sus rutas literarias y es factible obtener todo tipo de información en la Fundació Josep Pla, ubicada en la casa que los padres del autor alquilaron mientras duraron las obras de la residencia de la familia Pla. “Cuando hace tramontana, Palafrugell se vuelve una población tristísima. Por las calles no pasa nadie. Todo el mundo se encierra en su casa. Si hay una tienda que da a la calle, apagan las luces.

El viento silba, entra por todas partes, por puertas y ventanas”, escribió Pla, un hombre solitario, con fama de huraño y aficionado al vino. En su mítica obra El cuaderno gris apuntó que el alcohol en Palafrugell le hacía cambiar de vida, ya que cuando se encontraba en su pueblo le era imposible levantarse antes de las doce del mediodía.

Pla, que fue el primer escritor moderno de libros de viajes en catalán y un destacado corresponsal de prensa, asumió –después de unos años de dificultades económicas y de reclusión voluntaria en el Empordà– su condición de propietario rural y no volvió nunca más  a vivir en Barcelona.

Cuentan que le fascinaban las puestas de sol y si el lector viajero se escapa hasta la cima del Far de Sant Sebastià o se sienta en la terraza del Hotel Llafranc con una copa de tinto, capta el embrujo que vivió Pla sin ningún esfuerzo.

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