Domingo, 17 de Agosto de 2008

El festival monstruo

Un fin de semana en el mayor encuentro musical de Europa: El Sziget de Budapest congrega a casi medio millón de personas durante una semana

JESÚS MIGUEL MARCOS ·17/08/2008 - 18:50h

Mediodía del viernes, Festival Sziget en Budapest. El calor, húmedo como una toalla empapada, aplana. Cuatro holandeses han convertido un cubo de basura vacío en un jacuzzi: lo han llenado de agua, se han metido dentro y ahí están, charlando y bebiendo cervezas con total normalidad. La gente que pasa a su lado los mira, se ríe, algunos les hacen fotos, pero ellos, a lo suyo. A unos metros, se ve una larga cola de gente. Esperan al pie de una grúa gigante. Uno a uno se suben a un carrito y desde una altura de muchos, muchos metros, practican puenting (o gruing, más bien).

El último que ha saltado, un chaval de unos 20 años, balbucea extasiado unas palabras en húngaro. No hace falta conocer su idioma para adivinar que ha dicho algo así como: "¡Dios, esto es la hostia!". En ese mismo instante, se oye un jolgorio camino arriba. Se ve a una pareja, vestida de hawaianos, que avanza, mojito en mano. Les rodean sus amigos. Cantan y bailan, parecen celebrar algo. ¿Y esta fiesta? "Se acaban de casar", revela un testigo en un inglés macarrónico mientras señala a la pareja. No son recién casados que han ido a la capital húngara de luna de miel; se han casado allí mismo, en el festival.

El Sziget (isla, en Húngaro, por su emplazamiento, en medio del Danubio a su paso por Budapest) es, en principio, un certamen de música, pero como experiencia ofrece muchas cosas más. Por algo es el festival más grande de Europa: siete días de programación, más de 400 conciertos, 13 escenarios, 6.000 empleados y, en esta edición, la número 16, casi medio millón de asistentes. Por hacer una comparación: ir de punta a punta del Festival de Benicàssim puede llevar, tirando por lo alto, ocho minutos. Para atravesar el Sziget, se necesita más de media hora.

Lo primero que sorprende cuando se pisa el Sziget es que no hay zona de acampada... ¡La gente acampa donde quiere! Así se puede, por ejemplo, ver actuar a los Sex Pistols desde la propia tienda. Bosques frondosos, caminos polvorientos, un calor aplastante... Es el típico festival para hacer el guarro, pura supervivencia.

"Llevamos sin ducharnos siete días, pero no nos importa. Es parte del encanto. Además, las colas en las duchas son demasiado largas", confiesa Alexandra Kiss, una húngara de 17 años. Su tienda de campaña era azul, pero, tras cinco días de festival, es un trozo de tela negruzco. Todo sea por conocer mundo. "Te puedo asegurar que en mi pueblo, Mohacs, no veo a la gente que veo aquí y además no están mis padres diciéndome lo que tengo que hacer", explica Alex, como la llama su amigo Yoann Kittery, un francés de 18 años. Él se quedó de piedra cuando unos amigos le dijeron que había un puesto donde vendían drogas, a la vista de todos. Ya será menos... ¿Drogas, pero qué drogas? "No lo sé, algo parecido a marihuana.

He estado buscando, pero no lo he encontrado", cuenta.Un consejo para el Sziget: si se quiere comprar algo en uno de sus incontables puestos, no debe dejarse para el día siguiente; probablemente, ya no se encontrará. El festival es un laberinto. Por su tamaño, esto sí que se aproxima al tópico de ciudad del rock.

Churros en Budapest

Hay puestos de comida de todos los tipos y nacionalidades
-uno, muy curioso, llamado Ole Churros-, es posible hacerse un tatuaje, comprar unas Converse o un libro, ir a la frutería, mandar una postal a la familia o jugar a gladiadores. Viktoria Ottrok atiende a los clientes de tres en tres en su puesto de ropa: "Tenemos dos tiendas en la ciudad, pero en estos días vendemos más aquí. Y eso que este material es el stock de otras temporadas".

Al Sziget le van los extremos. Su primera edición, allá por 1993, fue iniciativa de un grupo de universitarios aficionados al rock. Hablaron con los grupos húngaros que les gustaban y les pidieron que tocaran todos juntos. Unos años después, David Bowie ya era uno de los cabezas de cartel del certamen. De una reunión de amigos, a manejar un presupuesto de 12 millones de euros. Los artistas internacionales trajeron al público extranjero. Este año, casi la mitad de los espectadores son foráneos, sobre todo franceses y holandeses. Españoles viajan alrededor de 300. El idioma común es el inglés.

"Nuestra filosofía es hacer el festival lo más colorido y variado que podamos. Queremos llegar a todos los tipos de público. Por eso ofrecemos muchos estilos musicales: rock, jazz, blues, folk, electrónica e incluso clásica", explica József Kardos, director artístico del festival. El Sziget es un cajón de sastre donde todo cabe y todo pega. Mientras los Sex Pistols escupen Anarchy in the UK, un cuarteto de cuerda toca una partitura de Schubert en otra parte del recinto.

El 40% de los artistas son extranjeros, el resto, húngaros. "Tenemos una responsabilidad con los músicos nacionales", dice el director artístico del festival. El escenario principal está reservado a las grandes estrellas internacionales, mientras que los otros 12 se dividen por estilos (jazz, música africana, heavy, blues, folk, electrónica...). La diversidad de público también se comprueba en cualquier concierto: es habitual que las banderas ondeen frente al escenario. Entre una maraña de tiendas de campaña, sobresale una ikurriña. Los dueños, 18 amigos del País Vasco francés, se han tirado 31 horas en autobús para llegar a Budapest: "Por 340 euros, pagas todo: viaje, camping y entrada del festival. Claro que merece la pena", asegura Lydia Zago, una joven de 19 años de Bayona. "Esto es algo mágico, grandioso, algo increíble", añade.

Los Sex Pistols tocan el viernes por la noche. La mayoría de los asistentes no había nacido cuando Johnny Rotten y compañía publicaron su único disco. Katarina, una alemana de 23 años, se declara seguidora del grupo. Deja atrás a sus amigos para ver el concierto de cerca. "Yo creo que los húngaros no se enteran de lo que dice Rotten, no le ríen las gracias", dice, mientras el demente líder de los Pistols exclama que quién se cree Buda que es, que aquí manda él. Luego se baja los pantalones
-viste calzoncillos con la bandera del Reino Unido- y enseña el culo, por si había dudas.

Florent Fusillier, un francés de Lyon de 20 años, desvela otro de los grandes motivos por los que el Sziget es un imán para los jóvenes extranjeros: "Aquí un cachi de cerveza cuesta dos euros, en un festival en Francia no bajan de seis. Y claro, para ver a Manu Chao, que tocó el año pasado, hay que facilitar el acceso a la cerveza".

El Sziget ofrece una especie de anarquía controlada. Se viven situaciones inimaginables en un festival español: publico colgado de los árboles, gente bañándose en el Danubio o ambulancias que se cuelan para atender emergencias hasta el centro de la masa que asiste al concierto de Sex Pistols.

Los míticos R.E.M. cierran el concierto del sábado con Man on the Moon ante 40.000 personas. Probablemente no son conscientes de que sólo son una parte pequeñita de lo que ha ocurrido en el Sziget en los últimos siete días.