Sábado, 16 de Agosto de 2008

1905 - 2008: Jornaleros andaluces

'Público' vuelve al lugar donde José Martínez Ruiz, Azorín, escribió Los obreros de Lebrija hace 103 años

·16/08/2008 - 21:19h

Hace 103 años, José Martínez Ruiz, Azorín, cumplió uno de sus mayores sueños: fichó por el periódico El Imparcial, dirigido por José Ortega -padre de Ortega y Gasset-. Su primer encargo fue La Mancha: se cumplía entonces el tercer aniversario de la publicación del Quijote. El segundo y último -lo despidieron- se centró en Andalucía: había que retratar la miseria que se vivía en el campo. Y eso hizo. Después de recorrer la ruta del ingenioso hidalgo cogió un tren hasta Lebrija (Sevilla). Allí, en el casino, el escritor que bautizó a su grupo como Generación del 98 se reunió con las víctimas de la hambruna: los jornaleros. Y de esos encuentros nació La Andalucía trágica, título que engloba los artículos publicados en El Imparcial y recogidos en Los Pueblos.

Uno de ellos, Los obreros de Lebrija, es el que se reproduce en estas páginas. Público ha vuelto, salvando las distancias, al mismo escenario 103 años después. Hoy el casino se llama Círculo de Labradores. Y los jornaleros, en su interior, presumen de la Sala Azorín.

Lebrija 1905

Azorín

En el capítulo anterior, hemos tratado de bosquejar el fondo; ahora, vamos a apuntar las figuras. Estamos todos reunidos en torno de una mesa anchurosa, en el Casino, metidos en un cuarto cerrado, frente a frente, mano a mano, dispuestos a charlar con espacio [...].

Vamos a ver; yo deseo que ustedes me digan lo que piensan con franqueza sobre esta situación. Pedro considera con rápida mirada a los demás; los demás son Juan, Pepe Luis, Manuel, Ginés y Antonio. Todos van vestidos con sus chaquetillas ceñidas, livianas, sutiles, de blanco lienzo; todos tienen las caras tostadas, escuálidas, fláccidas, con los ojos hundidos; todos se hallan sentados con posturas un poco rígidas, con los sombreros puestos sobre los muslos.

Y Pedro -un viejo de ojos claros, vivos, elocuentes- se ha vuelto hacia mí, ha dado una vuelta entre sus manos a su chapeo, y ha dicho: "Esto, ya lo ve usted, no puede estar peor...". ¿Qué jornal ganan ustedes en tiempos normales en Lebrija? "En tiempos normales -replica Pepe Luis- ganamos tres reales y una telera de pan". ¿Una telera de pan? -pregunto yo-. ¿Qué es una telera? "Una telera -dice Manuel- son tres libras" [...].
"Y tenga usted en cuenta -añade Pedro- que no tenemos este jornal durante todo el año; muy afortunado puede considerarse el que de los doce meses trabaja seis".

Entonces -digo yo-, ¿cuánto creen ustedes que debe ser el jornal mínimo diario? [...]. ¿Quieren ustedes que hagamos la cuenta por la menuda de lo que ustedes necesitan para comer? [...]

Supongamos que la familia de usted, Pedro, se compone de usted, de su mujer y de tres chicos. "¡Esa es la familia que tengo precisamente!", exclama Pedro. En ese caso -replico yo-, no tenemos que imaginar nada. Usted, Pedro, necesita pan. ¿Cuánto pan necesita usted todos los días? "Necesitaré tres kilos. ¿Le parece a usted mucho?" [...]. Aceite, ¿cuánto? "Dos panillas, o sea un real". Habichuelas, ¿cuántas? "Un kilo, que cuesta treinta y seis céntimos" [...]. ¿Carne? Pedro se detuvo un momento; Juan, Pepe Luis, Manuel, Ginés y Antonio sonríen: "Carne -dice al fin lentamente Pedro-, carne no la probamo". ¿Vino? Se hace un nuevo silencio y surgen nuevas sonrisas. "Vino -dice Pepe Luis-, de ca tre meses, un vasillo".

Pues pasemos al alquiler de la casa. "Los alquileres suben a catorce, dieciséis y dieciocho reales mensuales" [...]. ¿Qué gastan ustedes en ropa? "Ya lo está usté viendo" [...]. Y bien: si usted gana tres reales de jornal y necesitan, tirando por lo bajo, nueve reales y veinticuatro céntimos, ¿qué hemos de hacer? [...]. Y de pronto este Antonio, que ha permanecido callado durante toda la conferencia, ha levantado la cabeza y ha comenzado a hablar [...]. "En Lebrija -ha dicho Antonio- existen grandes extensiones de terrenos incultos; esos terrenos son los que creemos nosotros que el Estado debe expropiar [...]. Hoy hay en el pueblo pequeñas parcelas de tierra arrendadas a los labriegos; pero estos arrendamientos no sirven sino para enriquecer a los intermediarios [...]. Los propietarios van arrendando sus tierras a unos pocos acaparadores, que, a su vez, las subarriendan a los pequeños terratenientes" [...].

Y esto que ustedes me dicen a mí ahora -resumo yo-, ¿lo han pedido ustedes alguna vez en público? "¡Mil veces, mil veces!", gritan todos. Y Antonio, más vehemente, más exaltado: "Cuando pedimos esto [...] se nos mandan cuarenta o cincuenta guardias civiles [...] se nos enseñan los cañones de los fusiles, y con eso creen haber cumplido su misión ante la sociedad los ministros". Y luego, con voz más queda, más tranquila: "Nosotros estamos ya cansados" [...].

Ya estamos cansados los que movemos la pluma para pedir un poco de sinceridad, de buena fe, de amor, de reflexión a los hombres que nos gobiernan. ¿Qué va a venir después de este cansancio? ¿No es ésta una interrogación formidable?

 

Lebrija 2008

Olivia Carballar

El capítulo anterior a llegar a Lebrija se resume en la odisea para llegar a Lebrija: retención en la autovía, bocinazo en los cedas, un vado en el único hueco para aparcar y el consiguiente mareo tras dar mil vueltas en la plaza del pueblo. Al final, un golpe de suerte permite estacionar el coche. Son las siete y diez de la tarde y Lebrija bulle. Tres jornaleros esperan a Público junto al Círculo de Labradores. ¿Y los otros tres? "Nosotras", dicen ellas, tres mujeres impecables. El encuentro comienza con una grabadora digital sobre la mesa. ¿Hay crisis o no hay crisis?"En el campo hay crisis, crisis y gorda. La agricultura lleva un desnivel de trabajo enorme, los productos no tienen valor". Andrés Tejero -60 años, voz bajita- rompe el hielo. Las mujeres, con mirada tímida, ceden la palabra a Juan Vera, 49 años: "El problema viene porque lo que aquí en Lebrija creaba mano de obra, como la remolacha o el algodón, o se está abandonando o no lo pagan de la forma de la que debieran".

Todos tienen buen color: ellos, bien nutridos; ellas, impecables

Manuel, 53 años, traspasa fronteras en honor a su apellido, Bertholet -italiano, según sus padres-: "Yo vengo de sangre de jornalero, pero con la globalización se están enriqueciendo unos cuantos y muchos hombres se mueren en la miseria".

Todos tienen buen color de cara. Y no es por el maquillaje, que también ayuda. Ellas, Paqui Fernández, Rosa Rivas y María Jesús Tejero -todas de "cuarenta y tantos"- visten pantalón, zapatos altos y complementos. Ellos, bien nutridos, están igual de estupendos. Pero no siempre fue así: "Ay, ese tiempo de los zapatos con los dedos fuera, había muchos remiendos...", recuerda Paqui. "Y había que acostarse un día para lavar la ropa", añade Andrés. "Hombre, una familia con nueve hijos y el matrimonio, dime tú a mí", insiste Paqui, que busca con la mirada la aprobación de sus
compañeras.

Juan rescata del olvido lo que él denomina la antigua hipoteca: "Era la dita, la tienda te daba fiao, ibas comiendo y cuando venía una temporada buena, pagabas". Paqui se gira en la silla casi con indignación: "Sí, claro, y te quedabas otra vez sin ná, eso lo ha hecho mi madre, lo que pasa es que la pluma se iba, te lo apuntaban en una libreta y...". Y Manuel termina la frase: "Éramos ignorantes, en vez de darte un kilo, de lo que sea te daban 800 gramos". ¿Cuánto cobran normalmente? Nadie responde, pero hay murmullo. Sobresalen los dependes. Paqui continúa con su indignación: "No comprendo cuando voy a la frutería y veo esos pimientos, esos tomates a esos precios... y al que está sembrando le dan una miseria...". Las tres jornaleras trabajan ahora con la zanahoria. Ellos, con trigo, remolacha, algodón y garbanzos.

¿Pero cuánto ganáis? "Es que no podemos decir al mes", responde Paqui. Juan repasa de memoria el convenio y calcula una media de 45 a 46 euros al día. "Pero es que el año pasado echamos 10 días en cuatro meses, venga, dime si podemos vivir así y pagando el sello de 80 euros cada mes [que es lo que les da derecho a cobrar el subsidio agrario cuando están parados]", interviene Rosa. "Pues no -responde Paqui-, no llegamos ni a... ¿cómo se dice?, mileurista".

"Para comer, sobre los 800 euros, y luego está Internet, la luz, la hipoteca..."

Ella misma, Paqui, tiene dos hijos. Sin el sueldo de su marido, no sobrevivirían: "En el mes, para comer, sólo para comer, 700 a 800 euros. En vestir, ya es más difícil, hay que irse a las rebajas. Internet, 15 euros, el colegio, el móvil, la luz, el agua, la contribución, el coche, la hipoteca...". Y el tabaco. María Jesús, aún sin hablar, hace redoblar las campanas: "¡Pero es que yo tengo cinco hijos!".

Sobre el jornal mínimo no se ponen de acuerdo. Juan pide 50 euros. Pero las mujeres comienzan a murmurar y descubren su secreto: es soltero. Y Juan confiesa: "Sí, soy soltero". Para él, la cifra mágica al mes son los 1.500 euros. Para ellas, 3.000. ¿La solución? "Que los gobiernos regulen el tema de los intermediarios; no puede ser que un kilo de pan cueste dos euros en las grandes superficies y el kilo de trigo, sólo 0,35", dicen. ¿Y lo habéis pedido? "Muchas veces, a través de organizaciones agrarias, como Coag". Están cansados, pero después del cansancio, en este siglo, aún hay tiempo para otra pregunta formidable: "¿Qué, una cervecita?".