Sábado, 16 de Agosto de 2008

Y el séptimo llegó con polémica

Michael Phelps iguala la marca de Mark Spitz con el oro en 100 metros mariposa, que consigue tras una remontada desde la séptima posición

NOELIA ROMÁN ·16/08/2008 - 08:21h

Michale Phelps su disputadísima victoria en los 100 metros mariposa. EFE

Y al séptimo día no descansó, aunque por poco. En una carrera resuelta en el último suspiro, y con polémica, Michael Phelps conquistó su séptimo oro en estos Juegos, igualó la mítica marca de Michael Spitz en Munich 76 y dio un paso definitivo para tocar la gloria, esos ocho metales dorados que se había propuesto para superar la viaja leyenda de su compatriota.

Sucederá, si nadie lo impide, la próxima madrugada cuando el fenómeno de Baltimore se lance por última vez a la piscina para disputar el relevo 4x100 estilos con los Estados Unidos. Lo de esta madrugada merece capítulo a parte. Nunca en estos Juegos se había visto tan asediado Phelps como en los 100 metros mariposa, la especialidad que le traía de cabeza, su fantasma particular.

Por un lado, Ian Crocker, el plusmarquista mundial; por el otro, Mirolad Cavic, el más rápido en la semifinal; y, ante todos, la pared del 100 y un cronómetro, que acabó determinando el vencedor de la prueba. Porque, cuando concluyó, el ojo humano fue incapaz de descifrar quién había tocado primero: si Cavic o Phelps. El serbio lideraba la carrera al paso de los 50 metros, cuando Phelps inició su caza, desde ¡la séptima posición!, a 66 centésimas del balcánico.

Momento histórico 

Su remontada fue espectacular, de los que pasan a la historia, como la de los 4x100 libres. Con Crocker como referencia -el plusmarquista, desfondado, acabó cuarto, por detrás del australiano Andrew Lauterstein-, Phelps fue recortando metro a metro la diferencia con Cavic para imponerse justo en la pared, adonde llegó una centésima antes que el serbio: 50.58 por 50.59, y nueva plusmarca olímpica en 50.58.

Eso, al menos, señaló el cronómetro y luego ratificó la Federación Internacional de Natación (FINA), tras desestimar la protesta formal presentada por Serbia. "No hay ninguna duda: Phelps tocó primero", sentenció Ben Ekumbo, el árbitro del comité técnico de la FINA encargado de revisar el vídeo de la prueba.

De Crocker, desfondado

No hubo noticia: "Tuve que sacarme las gafas para asegurarme de que el primer nombre era el mío y, cuando lo vi, fue cuando estallé. Estoy feliz, aliviado, emocionado, un poco de todo", confesó el fenómeno de Baltimore, el deportista con más oros en unos Juegos (13) que, el hombre que más medallas ha conquistado (15) junto al gimnasta ruso Nicolai Adrianov.

"Lo más grande es demostrar que, cuando te dicen que no puedes hacer algo, es posible si te lo propones", añadió Phelps, que esta madrugada concluirá su participación en busca del glorioso octavo oro en el relevo 4x100.

En otro día de gloria del Extraterrestre, Rebecca Adlington batió otra marca histórica. Con 8:14.10, la nadadora británica pulverizó el récord de los 800 metros, establecido por la mítica Janet Evans en 1989. Entonces, Evans nadó en 8:16.22.

"No hay duda: Phelps tocó primero"

“Los resultados son claros: no hay ninguna duda de que Michael Phelps tocó primero la pared”, repite una y otra vez Ben Ekumbo, árbitro de la Federación Internacional de Natación (FINA), ante un auditorio repleto de periodistas, ávidos por saber si el séptimo oro del fenómeno de Baltimore no es un oro con tongo. Los serbios dicen que sí.

Están que trinan. Aseguran que la medalla que luce Phelps le corresponde en realidad a Milorad Cavic, que él tocó primero la pared, que merece algo más que la plata. Pero el marcador electrónico es implacable y la FINA también: 50.58, Phelps; 50.59, Cavic. La protesta formal elevada por Serbia no ha surtido efecto. No hay posibilidad error. El oro es para Phelps, el serbio se queda con la plata.

“Es duro perder un oro así, por una centésima, pero estar aquí ya es un milagro. Estoy feliz”, asume Cavic y los dirigentes serbios, aunque sea a regañadientes, acatan: no apelarán la decisión de la FINA. El proceso ha quedado claro. Mientras Phelps revisa el vídeo de la carrera tumbado en la camilla de masajes, el comité técnico de la FINA, compuesto por un estadounidense, un australiano, un danés, Ekumbo (el árbitro keniano), y el presidente del máximo organismo de la natación, Cornel Marculescu, se encierra a cal y canto en una habitación para hacer lo mismo. Pasan las imágenes una, dos, tres y hasta cuatro veces. Nadie más las ve. Ni el jefe de equipo de Estados Unidos ni el de Serbia. Las normas así lo establecen. “Las podrán ver después”, explica Ekumbo.

"Ha sido una final loca y es posible que la mano sea más rápida que los ojos. Con esa diferencia, la próxima vez quizá tenga que afeitarme los dedos o raparme la nuca”, desdramatiza Cavic, partidario de no haber presentado siquiera la reclamación. “Sé que podía haberme convertido en el primero en batirle y que la gente me lo recordará  durante años, pero eso es lo que el marcador mostró”, añade el serbio, sorprendentemente sereno.

“En Sydney, yo viví algo así y esas cosas no se ven, se sienten. No es como tocar a una mujer, pero uno sabe si ha sido primero o no”, asegura Alexander Popov, el mito ruso de la velocidad, ya retirado. “El sistema de cronometraje así lo ha determinado y yo nunca he oído que haya fallado antes. Nadé lo mejor que pude y la pantalla dijo que mi mano tocó la pared primero”, sentencia Phelps. Ha ganado siete oros y batido seis récords mundiales. ¿Alguien se atreve a cuestionarlo?

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