Viernes, 15 de Agosto de 2008

Cañonazos hacia el oro

El tenista español disputará el domingo la final ante el chileno Fernando González. El duelo ante el serbio fue un recital de derechazos a cual más duro. Su rival terminó llorando

MIGUEL ALBA ·15/08/2008 - 18:14h

EFE - Nadal saca toda su rabia después de ganarle un punto a Djokovic.

Llegó a Pekín con lo puesto. Sin maletas, perdidas en algún punto entre Cincinnati y Pekín. Con sensaciones que iban y venían. Perseguido por la resaca de su número uno virtual. Con una empuñadura a la que le costaba mantener el tacto con tanta humedad. Con la necesidad de tres días de vacaciones entre foto y foto en la villa olímpica. Con la exigencia de una medalla.

Rafa lo aceptaba como ese alumno empollón del que toda la clase espera que saque un diez en cada examen. Al fin, y al cabo, él tiene mucha culpa de que los políticos lleven ocho meses presumiendo de éxitos. Cuando Djokovic tiró su candidatura con un insultante golpe en la red, Nadal se regaló un metal que todavía no tiene estatus. "Para mí conseguir una medalla era un sueño, aunque fuera un bronce", asegura.

El domingo jugará por el oro ante Fernando González, el tenista que se transforma cuando le ponen delante los aros olímpicos. "Él es el actual campeón y tendré que jugar muy bien para ganarle", reitera, mientras recompone su horario. "No me dormiré hasta las cuatro mientras que llego, ceno, me dan masaje y cojo el sueño".

Duelo al drive

Hasta entonces, las imágenes del partido aparecen y desaparecen a la misma velocidad con la que ambos plantearon los intercambios de la semifinal. La sucesión de ‘palos' fue interminable. Si la pelota hubiera tenido voz habría pedido clemencia tras cada intercambio. Si hubiera tenido patas, habría salido corriendo. Así son los partidos que acuerdan Djokovic y Nadal.

Rafa comenzó enchufado, persiguiendo un objetivo que logró en el quinto juego. Entonces, Nole se quedó sin feeling. Rafa se apoderó del primer set, mientras Gasol le gritaba como sólo saben animarse dos amigos. Pero Djokovic se autoconvenció, con el cambio de set, de que podría encontrar algún resquicio en la imbatibilidad de Nadal.Con derechas sueltas y bolas blandas, Djokovic obligó a Nadal a bajar los hombros. Perdió el sitio. Se le veía impotente, hasta que Rafa se acordó de su objetivo: la medalla.

Entonces, ya nada, ni incluso el revés plano del serbio, podía privar a Rafa de su sueño. Arrese y Bruguera se le anticiparon con dos platas en Barcelona y Atlanta, respectivamente. Es una mera cuestión de edad.

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