Domingo, 10 de Agosto de 2008

La NBA sucede a la diplomacia del ping-pong

Enloquecidos con Yao Ming, los seguidores chinos disfrutan con los jugadores estadounidenses en un partido presidido por la familia Bush 

NOELIA ROMÁN ·10/08/2008 - 17:39h

EFE / JOHN G. MABANGLO - China fue por detrás de EEUU la mayor parte del encuentro.

Y, de repente, un sonido atronador se apoderó del Basketball Olympic Stadium de Pekín. Las gradas comenzaron a retumbar, las carreras se sucedieron por los pasillos, miles de flashes se dispararon al unísono, mientras los fotógrafos y los cámaras profesionales luchaban por hacerse con un hueco entre la multitud. Yao Ming, el ídolo local, la imagen de China dentro y fuera del país, acababa de saltar al parquet para calentar. Detrás de él, el resto del equipo.

"¡Vamos, China!", rugió el pabellón, entre una ovación ensordecedora. "¡Vamos, China!", repitió una y otra vez el público, entregado a Yao Ming, pero apelando al espíritu colectivo. Las banderas rojas con estrellas amarillas se multiplicaron por cientos. Geoge Bush, presidente de los Estados Unidos, y su padre, ex presidente, asistían, con cierto asombro, a semejante demostración de patriotismo. Según las estimaciones del Daily China, mil millones de espectadores en todo el mundo seguían las imágenes por televisión. Muchos de ellos, en el país presidido por los Bush: su equipo, el dream team liderado por Kobe Bryant y Lebron James, se enfrentaba al anfitrión de los Juegos en su debut olímpico.

Los Bush, Kissinger y el ministro chino de exteriores Yang JiechimCámaras y fotógrafos enloquecieron de nuevo. No querían dejar de registrar la instantánea, un brindis diplomático, con Henry Kissinger como testigo de excepción. Con la canasta de por medio en lugar de las raquetas de ping-pong, nadie mejor que el ex secretario de Estado estadounidense y premio Nobel de la Paz para rebajar la tensión entre norteamericanos y chinos, aunque, en el pabellón, no pareciese demasiado necesaria su histórica experiencia como mediador entre ambos países.

A diferencia de lo que había sucedido tímidamente en la ceremonia de inauguración de los Juegos, los seguidores chinos ni siquiera se molestaron en afear la presencia de los Bush. Se habían congregado por miles (unos 18.000) para ver de cerca a sus ídolos de la NBA y disfrutar con un partido histórico. De modo que, cuando Kobe Bryant apareció en la cancha, la grada, desbordante -de pie, en los pasillos, cientos de seguidores y periodistas participaban del momento-, rugió de nuevo. Los decibelios no alcanzaron el nivel de la ovación dedicada a Yao Ming, pero superaron los de la ofrecida a Pau Gasol horas antes, también generosa. Los flashes se dispararon de nuevo por miles y cada acción de los estadounidenses en la rueda de calentamiento fue celebrada con un "¡Oh, oh, oh!" de admiración, cargado también de cierta inocencia.

La resistencia fue inútil 

Lebron James aprovechó para lucirse con algún mate espectacular, sus compañeros le emularon y los minutos de ensayo anunciaron lo que sería el partido: una suerte de circo, sin apenas tensión competitiva y con bastantes dosis de fantasía. El resultado final, 101-70, fue lo de menos. El público coreó con solemne entusiasmo el himno nacional chino, aplaudió respetuosamente el de Estados Unidos y, en las presentaciones de los equipos, evidenció de nuevo sus preferencias: los aplausos más sonoros se los llevaron Ming y Bryant.

Los jugadores chinos regalaron a su público unas cuantas acciones espectaculares en el inicio, armaron cierta resistencia después y, luego, sucumbieron al potencial de Estados Unidos, que tampoco necesitó exprimirse demasiado. Los aficionados lo agradecieron todo. Como mucho, intentaron poner nerviosos a Bryant y compañía cuando se acercaron a la línea de tiros libres.

"Este partido es un tesoro que durará en mi memoria", proclamó Ming, ante el más de centenar de periodistas que se arremolinaba en la zona mixta para atrapar una declaración del fenómeno chino.

En un gesto simbólico, su entrenador lo había enviado al banquillo cinco minutos antes de la conclusión del encuentro. El pívot de los Rockets, puño en alto, lo agradeció. Después, festejó cada canasta china como si su equipo le estuviese endosando una auténtica paliza al rival. En previsión de lo que pudiera pasar, una legión de voluntarios se dispuso para contener la marea humana que se precipitó hacia la zona de salida de los jugadores. No sucedió nada. Yao Ming abrazó a todos y cada uno de sus colegas de la NBA y se integró en el círculo que formaba su equipo. La grada los despidió a todos con una última y atronadora ovación. El asunto pasó entonces a las manos de los cientos de periodistas que desbordaron la sala de prensa para contar el partido más visto de la historia. Todo un acontecimiento. Todo un espectáculo. Toda una lección.