Domingo, 10 de Agosto de 2008

Darío Fo: "Intentan que no pensemos"

Dramaturgo y Nobel de Literatura. Hoy estrena en la Expo de Zaragoza ‘¿Hace daño el agua?’, un montaje teatral sobre las amenazas que sufre la Tierra 

PAULA CORROTO ·10/08/2008 - 00:35h

MÓNICA PATXOT - Darío Fo.

Cualquier conversación con Darío Fo (Sangiano, Italia, 1926) se sostiene sobre dos pilares: política y teatro. Esta noche estrena en el Palacio de Congresos de la Expo de Zaragoza su nuevo espectáculo, ¿Hace daño el agua? Sus primeras palabras durante la conversación tienen ya un aire de denuncia, de alegato político y provocador. La causa es la muerte del técnico de sonido Héctor Grande Álvarez, que se produjo en la tarde del pasado jueves, durante el ensayo de la coreografía de Carolyn Carlson, también en el recinto de la Expo. “Ante una muerte así nadie puede decir: "Son cosas que pasan”, alerta Fo, con el rostro enrabietado. “Debería haber una mayor conciencia civil sobre las muertes laborales. Italia, por ejemplo, tiene el récord de fallecidos en el trabajo y por mucho que nos hablen de las guerras, la gente que muere en el trabajo supera ampliamente a la [cifra de muertes] de cualquier conflicto sangriento”, explica. Así es Darío Fo en estado puro. Así es este actor, dramaturgo y director de escena que no hace mucho defendió la libertad de expresión del periodista de la televisión italiana Marco Travaglio, criticado por todos los medios de la derecha berlusconiana. Así es el bufón total que hace unos meses denunció la actuación de la Junta birmana a través de la revisión de su texto Misterio bufo. Un tipo que no guarda silencio porque, como él mismo dice, “nunca hay que callarse”.

Tras esa primera observación, la figura del Fo al que la Academia sueca no dudó en otorgarle el Nobel de Literatura en 1997 también aparece, cuando lanza su discurso sobre el teatro o, lo que es lo mismo, sobre su amor a la escena. Lleva más de medio siglo delante, detrás e incluso flotando entre bambalinas, pero eso no le impide rememorar sus comienzos, aquellos que, según él, llegaron de la mano de la improvisación. “Estaba en la Universidad Politécnica de Milán y comencé a actuar como aficionado. Para mí era un juego, no un planteamiento vital”, recuerda.

Era la década de 1940 y tuvo la suerte de que su actuación fue vista por profesionales de la escena. Enseguida vieron madera en aquel joven actor. Madera de la buena, de esa que esconde a un genio en potencia, a un tipo que podía cambiar el teatro. Y pronto lo hizo, ya que Fo entendió desde el principio que el teatro debía servir para algo y no sólo para entretener y divertir. “El teatro tiene que provocar al espectador. Yo lo veo como una visión filosófica de la vida. De esta manera, el teatro también es política. Es la conciencia política del ser”, afirma.

Y esto es lo que ha plasmado durante toda su vida en obras como Tengamos el sexo en paz, coescrita junto a su mujer Franca Rame y su hijo Japoco; L’anomalo bicéfalo, una sátira sobre Berlusconi, de 2003; y sobre todo, El manual mínimo del actor (1987), donde se encuentra toda su teoría sobre el mundo escénico.

De blanco y con sombrero, Fo, alto y enorme, parece cómodo. Una vez realizados su alegato político y su primera disertación sobre el teatro, ya se puede entrar de lleno en la entrevista.

La conciencia política que usted le otorga a la escena, ¿de qué forma se traduce en su nuevo montaje?
Este es un espectáculo que nace de un texto científico que en teoría no tiene nada que ver con el teatro. Pero en un momento dado me pareció muy interesante para llevarlo a la escena. El problema es que, para explicarlo, tenía que desestructurarlo e inventar alguna situación, que es como se llama en teatro a eso que logra atrapar al público. El fin era entrar en contacto con el espectador, provocándole.

¿Por qué le interesó este texto científico? ¿Qué es lo que dice exactamente?
En los últimos tiempos hay muchos documentales que hablan sobre nosotros, sobre la condición en la que se encuentra la Tierra, sobre a dónde vamos… Por otro lado, desde hace décadas los científicos no se cansan de repetir que estamos cerca del umbral de supervivencia. La Tierra ha tardado 150 millones de años en producir petróleo e hidrocarburos. Es una riqueza extraordinaria que, sin embargo, nos hemos cargado en sólo un siglo. Y no solamente la hemos dilapidado, sino que además, como consecuencia, hemos vertido toneladas de vertidos a la atmósfera. Por eso, el calentamiento global no es un cuento, sino que es algo trágico. En numerosos datos, eso es lo que cuenta el libro.

¿Y el agua? ¿Desde qué punto la trata? ¿Cómo la aborda usted?
La consecuencia de todo este calentamiento es que hay ríos que están desapareciendo de la faz de la tierra. Sabemos también lo que está pasando con los mares. Los científicos hablan de que en los próximos años el nivel del mar aumentará hasta los 20 metros. En 2050, la mitad de la superficie del planeta estará cubierta por el agua. Incluso los glaciares se están deshaciendo. En poco tiempo, el mar estará muerto. Ahora bien, si yo sólo hablara de esto sobre un escenario, la gente se levantaría y se iría, por una simple razón: la gente no quiere preocupaciones, sino esperanza. Por eso, este espectáculo es una sátira sobre los problemas que le están sucediendo a la Tierra. El fin es que la gente se ría, ya que, como dijo Molière: “Para que a la gente se le abra el cerebro no hay que dispararles flechas al cráneo, sino abrirles la boca, para que por ahí les entren las ideas y les lleguen hasta el cerebro”. La provocación, la risa, es la razón de ser de la desgracia.

En los últimos tiempos, también los políticos se han subido al carro del cambio climático… Esto que ha comentado usted parece entrar de lleno en el discurso políticamente correcto, lo que es un poco raro en su persona.
Hay una diferencia. Los políticos son los seres más optimistas de la tierra. El optimista nunca indaga y evita dar a conocer la verdadera realidad de los problemas. La labor de los políticos es crear miedo en la gente, pero miedo sobre problemas superficiales. Miedo, por ejemplo, a que te den un tirón del bolso. Por eso aumentan la presencia policial, expulsan a los sin papeles… Pero nunca te dicen nada de lo importante. Para los políticos, el futuro no existe y todos los problemas son circunstanciales.

Usted lleva una tragedia al teatro. La tragedia y el hombre son dos conceptos íntimamente unidos…
Claro, el hombre surge por una consencuencia de un desastre tras otro. Y ahora nos enfrentamos al último y gran problema, que es la desaparición total del petróleo. Por ejemplo, en cuanto al tema de los políticos, llevamos oyendo tiempo hablar sobre el terrorismo como causa de las guerras, pero sabemos que ese no es el problema. Otro ejemplo muy reciente: lo que ocurrió ayer [por el viernes] en Georgia. Todavía no he leído en ningún periódico que Georgia está atravesada por un oleoducto que viene de Oriente y va a dar a Turquía. Ayer no venía nada de esto en el Corriere della Sera, que es uno de los periódicos más prestigiosos de Italia. Y el verdadero quid de esta nueva guerra es ver quién se hace con la supremacía de ese petróleo. Si el petróleo sobrara, estoy seguro de que no habría este tipo de problemas, pero lo que no se entiende es que en los últimos dos años y medio el petróleo se haya multiplicado por siete…

¿La responsabilidad final es del individuo? ¿Es cada persona culpable de lo que sucede?
Sí, pero el problema es que los políticos, los medios de comunicación, los banqueros y los empresarios lo que están haciendo constantemente es crear una sociedad adormecida, una humanidad atontada, que no quiere ninguna preocupación.

Y que así no se queja por nada, ni le importa nada. Eso es también lo que se está viendo, con algunos hechos aislados; en Pekín, con los Juegos Olímpicos. Todo el mundo mira al pebetero sin preguntarse nada más...
Ahí detrás está la mano de EEUU. Ese es un país que sabe que lo que de verdad importa al final no es la ideología, sino la economía. Es lo que pasó con Irak. Esta guerra no parte de un equívoco, sino de una mentira. Según [el presidente George] Bush estamos en Irak porque Sadam tenía preparadas ya sus armas nucleares; sin embargo, hoy hasta el Pentágono ha dicho que no existía ninguna de esas armas. Pero en ese momento, nadie pensó en el sufrimiento que tendría el país. Aparte de las muertes, Irak es un país hoy totalmente aislado. En cuanto a China, el discurso de EEUU es: “Vamos a los Juegos Olímpicos y hablamos de la libertad”. Pero todos sabemos que EEUU nunca ha gestionado nada bien el tema de la libertad, porque siempre ha estado de la mano de las dictaduras fascistas, tanto en Oriente como en América Latina. Por tanto, con respecto a los derechos humanos en China, es todo palabrería. Lo que ocurre es que interesa mucho como mercado. EEUU se está posicionando para conseguir la mejor parte del pastel de China antes de que lleguen otros.

De vuelta al teatro; en 1987 usted escribió en El manual mínimo del actor: “Creo que vemos un teatro muerto para espectadores muertos”. ¿Lo sigue pensando?
Sí, lo sigo pensando. Creo que soy el único que le da al teatro un planteamiento de desesperación, de hacer desesperar al espectador para que se pregunte algo. Pero el sistema actual del teatro es horrible. ¿Cómo es posible que se sigan representando espectáculos de repertorio de una época periclitada? Son todas esas historias de traiciones y amores, principalmente entre la burguesía, que son como culebrones.

Por lo tanto, es de suponer que la televisión ni la ve…
Ahora veo que está llena de programas como Gran Hermano, Supervivientes… Ahora bien, lo que más me asusta son los concursos donde puedes ganar dinero, porque lo que muestran es una ruleta de la vida, que es una cosa muy obscena. Unos van pasando ronda y otros no. El problema de fondo con esto es que intentan que no pensemos. Cada uno de nosotros somos responsables de la situación política que existe ahora mismo. La culpa siempre es tuya, porque no haces nada para que la cosa cambie y aceptas lo que te digan. Este es el problema de nuestra sociedad durmiente.