Miércoles, 6 de Agosto de 2008

Bienvenidos a Pekín

La sorpresa es constante en China, donde el turista pasa en instantes del asombro a la carcajada

IGNACIO ROMO ·06/08/2008 - 10:14h

EFE - Las acreditaciones son revisadas en el centro de prensa y los periodistas, cacheados.

Esta ciudad es como una caja de bombones: en Pekín nunca sabes lo que te va a tocar. La frase de Forrest Gump alcanza su máxima expresión en la capital china, ciudad de proporciones demenciales, en esta nación en la que la sorpresa es continua y el visitante transita del asombro a la carcajada y de la extrañeza a la incredulidad en apenas un instante. Las reacciones de los chinos son imprevisibles, y al final, el viajero termina divirtiéndose ante la curiosidad por ver cuál será la siguiente escena hilarante de la jornada, incluso cuando la situación no era precisamente cómica en un principio.

Pekín nos ha recibido cubierta por un cielo desconcertante. Nublado pero sin nubes. Contaminado pero sin molestar. Ni gris claro ni gris oscuro, pero muy gris. Con un sol que no parece dar la cara nunca porque ni siquiera se le espera. El cielo, como en la Castilla de los escritores de la generación del 98, va a ser sin duda uno de los grandes protagonistas de los Juegos. Es un cielo para interpretar. Uno mira a lo lejos y, de repente, los edificios se terminan súbitamente. Y no se acierta a diferenciar si esto es niebla, contaminación, smog o, tal vez, el final de un decorado.

Los corredores de maratón odian el cielo de Pekín, lo temen cada día. Sin embargo, tampoco saben demasiado bien si prefieren que llueva (más humedad que agregar a la pesadez del calor) o que no haya precipitaciones y la contaminación se apodere de sus bronquios en el último kilómetro de la prueba. En esta ciudad uno no sabe muy bien qué pensar, ni qué esperar. Tal vez lo más inteligente sea dejarse sorprender a cada momento. 

La carcajada del argentino

El viaje había sido largo, aunque no incómodo. Mientras esperamos el equipaje, una voluntaria se une a nosotros. Habla inglés, aunque no lo entiende. Y cuando no entiende, asiente con la cabeza, como si hubiera comprendido la pregunta y como si la respuesta fuera a ser afirmativa. Pero ni lo uno ni lo otro. Simplemente, asiente y sonríe. Esto lo hacen mucho los chinos.

El cielo es desconcertante y el sol no parece dar nunca la cara 

Y aunque la pregunta sea importante (y la respuesta, aún más), terminas por divertirte con sus reacciones. Aunque no hayas avanzado nada y te quedes como estabas.
Una vez recogido el equipaje, nuestra diligente voluntaria nos acompaña al exterior. Nos pregunta el nombre del hotel. Da la sensación de no entender del todo cuál es el dichoso hotel, pero vuelve a afirmar con la cabeza. Y, naturalmente, con otra sonrisa.

En la parada de autobuses son muchos los miembros de la organización que nos preguntan por el nombre de nuestro hotel. Sólo uno de ellos aparenta saber lo que se trae entre manos en el asunto de los autobuses. Pero, de repente, ha desaparecido. Esto sucedió ayer varias veces: hay momentos en los que los pequineses se desvanecen y parece que ya no vuelven. Y sólo quedan a nuestro lado los que no saben, pero asienten mucho y sonríen más.

Súbitamente aparece un autobús y entonces todos los voluntarios arrancan, comienzan a correr en diferentes direcciones hasta que la escena, desconcertante para el viajero que ignora si se trata del autobús correcto, se va tornando cómica. Todos los chinos corren y gritan. Un periodista argentino no puede más. Se vuelve hacia nosotros y estalla en una carcajada sonora. Y muy contagiosa. Al diablo con el autobús. Aquello es desternillante.

Las escenas sorprendentes, preocupantes y cómicas a la vez, se sucedieron ayer sin descanso. Uno aprende que hay que tener cuidado con las preguntas. Originan una catarata de acontecimientos inesperados y hay que tener el tiempo y la mente abierta para cualquier reacción.

Apenas llevas un día en esta ciudad y ya estás preparado para cualquier cosa 

Uno de los responsables del hotel me indica la frecuencia de los autobuses que nos conducen hasta el centro de prensa. "Por la mañana, hasta las dos, cada 20 minutos. Por la tarde, cada media hora". En ese momento es la una y media. Como estamos en la frontera, cerca del límite en el que cambia el intervalo, le pregunto: "¿A qué hora es el próximo?" La respuesta es fantástica, más china que el pato pequinés. Muy serio, vuelve a responder lo mismo: "Por la mañana, hasta las dos, cada 20 minutos. Por la tarde, cada media hora". Le miro fijamente por si acaso me estuviera tomando el pelo. Él también se queda serio. Yo qué sé.

Las camareras y los huevos

Por último, me señala una barra detrás de la cual hay tres camareras, perfectamente uniformadas, serias, calladas, impasibles como sucede con las buenas chinas. No hacen nada, no hay clientes ni nada en la barra. Están ahí clavadas. "Estas mujeres harán mañana huevos en el desayuno". Hasta ahí bien. "¿Y qué hacen ahora?", pregunto muy bajito. "No, ahora no hacen nada".

Apenas llevas un día en esta ciudad de 15 millones de habitantes y ya estás preparado para todo. Los pequineses son impasibles, sorprendentes, marciales, serviciales, desconcertantes. Con ellos no adviertes el umbral de lo previsible. Es difícil saber si la organización de estos Juegos va a ser buena o mala. Quizá estemos desconcertados hasta el último día.